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A movernos

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En París 1900, México inició de manera informal su participación en los Juegos Olímpicos modernos, con un equipo de polo integrado por los hermanos Barrón, que obtuvieron una medalla de bronce. No fue sino hasta 1924, nuevamente en la Ciudad Luz, cuando nuestro país envió formalmente una delegación, representada por un comité olímpico. Desde entonces, México ha participado ininterrumpidamente en las subsecuentes ediciones de estos juegos.

Al menos, premio de asistencia, si lo otorgaran, nos merecemos. Porque medallas en deportes oficiales hemos obtenido solamente 66, en estas 23 ediciones a las que hemos acudido en los últimos 92 años. En Río, tan pronto eliminaron a nuestro equipo varonil de futbol, el centro de la atención lo dejaron de ser nuestros deportistas, para enfocarnos en sus dirigentes. En vez de hablar de deporte, o del espíritu olímpico, nos enfocamos en identificar culpables, con los que pudiéramos descargar nuestra frustación deportiva.

No me cabe la menor duda que los dirigentes de la Codeme, o de las federaciones, o de los institutos estatales, son responsables de buena parte de nuestros indigentes resultados olímpicos. Pero ellos son eso, la punta de la pirámide. Ellos no serían lo que son, ni harían lo que hacen -o no hacen- si como sociedad camináramos en un sentido contrario. Si como sociedad dejáramos de lamentarnos cada cuatro años de nuestros fracasos en los mundiales de futbol y en los olímpicos, para poner en el centro de nuestra atención al deporte, no solo como satisfactor por las medallas o las copas del mundo, sino como una forma de vida que ayuda a solucionar buena parte de nuestros problemas sociales.

El deporte ha sido en nuestro país, algo que vemos de lado, de manera informal, poco seria. En las escuelas, si a los padres de familia nos dijeran que van a disminuir las horas de matemáticas para incrementar las de educación física, pegaríamos el grito en el cielo. Si en las universidades, la actividad deportiva fuera un eje y no un complemento, dudaríamos de su “calidad” educativa. Si en los medios de comunicación alentáramos el deporte amateur y bajáramos del pedestal a los futbolistas que de profesionales solo tienen el mote, probablemente perderíamos anunciantes. Si en las empresas patrocináramos a verdaderos deportistas y no a ídolos de oropel, seguramente al de mercadotecnia lo pondrían de patitas en la calle.

Porque como sociedad, estamos acostrumbrados a centrar nuestra atención en el deporte o en los olímpicos o en los mundiales, y el resto del tiempo en las jornadas del futbol mexicano. Quizá ayudaría comprender que el futbol profesional mexicano más que deporte, es espectáculo. Que el semillero de los equipos de primera división no lo son los bachilleratos o las universidades, sino los intereses particulares. Entonces, tal vez, nos daríamos cuenta que el deporte, su esencia, sus causas y consecuencias son superiores a los intereses económicos y políticos de nuestros dirigentes deportivos y del futbol profesional.

Como sociedad, nos conviene empezar a movernos. A movernos para quitarnos esa medalla en obesidad infantil. Esa copa mundial en hipertensión. Ese oro en sedentarismo.

El deporte produce beneficios físicos, psíquicos y sociales. La carta internacional de la educación física, la actividad física y el deporte ubica a este tema como uno de los derechos fundamentales del ser humano, y entre otros, afirma que con su práctica se obtienen los siguientes resultados: “la educación física, la actividad física y el deporte pueden reportar diversos beneficios individuales y sociales, como la salud, el desarrollo social y económico, el empoderamiento de los jóvenes, la reconciliación y la paz… la oferta de educación física, actividad física y deporte de calidad es esencial para realizar plenamente su potencial de promoción de valores como el juego limpio, la igualdad, la probidad, la excelencia, el compromiso, la valentía, el trabajo en equipo, el respeto de las normas y las leyes, la lealtad, el respeto por sí mismo y por los demás participantes, el espíritu comunitario y la solidaridad, así como la diversión y la alegría…”

¿Queremos más beneficios? Con girar a nuestra comunidad a una vida en el deporte, tendríamos una sociedad no solamente más sana y productiva, sino esencialmente una sociedad en plenitud. Empecemos a movernos en nuestras familias, en nuestras escuelas, en nuestras universidades, en nuestros centros de trabajo. Empecemos a fijar nuestra atención en el deporte, no como una actividad de esparcimiento, sino como una necesidad de vida. Obliguemos a nuestras autoridades a moverse también. A salir del marasmo de la grilla política, para dedicarse a políticas de Estado que realmente nos beneficien -a todos- como país.

Entonces, y solo entonces, nuestras presentes frustraciones olímpicas, se convertirán en oportunidades sociales. ¡Vamos. A movernos!

Agosto 21, 2016 - 11:31 am
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Por: Carlos Palafox

Columnistas