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Alternativas
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Vivimos tiempos difíciles, ni duda cabe. Los problemas por resolver se vuelven cada vez más rebeldes para dejarse colocar en las cauces de las soluciones convencionales y de probada efectividad. Y por si eso fuese insuficiente, vemos que en lugar de ampliarse, se restringen cada vez más los márgenes de acción para quienes aspiramos a construir visiones compartidas y a ensanchar los horizontes de posibilidad para la forja de acuerdos genuinamente colectivos.

Dicha cerrazón, en parte, tiene que ver con la sobrerregulación de la política, la pesada hipoteca proveniente de la era de la transición democrática, que bajo el estandarte de la equidad en la contienda electoral, terminó por colocar en el cajón de lo sospechoso, a veces hasta de lo ilegal, el ejercicio cívico de promover la deliberación abierta e incluyente de los problemas públicos. Quizás no hemos reflexionado lo suficiente a este respecto, pero tengo el presentimiento, quizás hasta la certeza, de que la equidad electoral, por mal entendida, está acabando con el espíritu mismo de la democracia, que estimula la competencia, premia la creatividad e impone castigos a la mediocridad.

En mi entender de la política, su esencia es simple: la comunicación. Por un lado, hay, ha habido y habrá actores sociales vindicando causas, visibilizando problemas; y por el otro, hay, ha habido y habrá líderes dispuesto a abogar por soluciones que impulsen el bienestar común. La política, así, es el arte por el cual las causas socialmente deseables se tornan materialmente posibles. En tal virtud, estoy convencido de más que en lugar de restringir la política y promover la indiferencia, urge echar abajo los fantasmas de la mediocridad.

Personalmente, en la disyuntiva de practicar el mutismo o la deliberación sobre los problemas nacionales y de Puebla, confieso mi preferencia por lo segundo. Optar por el mutismo, cobijado de autocensura, sea para honrar falsamente el precepto de la equidad o por temor a ser acusado de una ilegalidad electoral, conduce a un desenlace seguro: la impotencia. Entiendo y aprecio la legalidad electoral, pero igualmente sé que la política no se reduce a campañas y elecciones, sino que se trata de una actividad existencial, sin la cual la vida civilizada entraría en colapso.

En la disyuntiva de practicar la pasividad frente a los problemas sociales que avasallan a nuestra entidad federativa o la movilización de la opinión pública y política de los poblanos, prefiero mil veces lo segundo. Por experiencia propia, sé que la derrota es el desenlace inevitable para un partido político que, por miedo a la crítica, renuncia a hacer política. Por experiencia propia, sé que la derrota en las urnas no ha sido gratuita en nuestra querida entidad, sino consecuencia directa de darle la espalda a nuestros militantes y seguidores así como a las personas y grupos que demandan soluciones a sus anhelos de bienestar.

En la disyuntiva de un partido que se victimiza por las circunstancias o de uno proactivo, apto y sensible para hacer equipo, causa común, con las mujeres, los jóvenes, los discapacitados, las personas de la tercera edad, los ambientalistas, los obreros, los campesinos, los defensores de los derechos de los animales, etc., prefiero mil veces lo segundo.

La Puebla que yo veo clama por un cambio y está a la espera de un partido político que entienda las aspiraciones de hoy, el hartazgo con las falsas promesas y se comprometa; un partido político que abandone sus inercias pasivas de la historia reciente y deje de “nadar de a muertito”. En la coyuntura presente de Puebla, ni los propósitos se inscriben en la arena electoral ni el tema relevante es el candidato. Se trata de una cuestión básica: la movilización del partido de cara al desafío y la oportunidad histórica de una nueva alternancia. Sin un PRI fuerte, las posibilidades se extinguen. Mi apuesta no es por llevar flores a la tumba de la derrota en 2018, sino por colocar a nuestra fuerza política en el lugar que le corresponde. El desafío, pues, estriba en hacer equipo entre nosotros y con la sociedad. Estamos a tiempo y claro que se puede.

noviembre 30, 2016 - 12:25 pm
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Por: Juan Carlos Lastiri

Columnistas