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El control ciudadano de la gestión pública

(Primera parte)

Los principales filósofos han definido a la soberanía como el ejercicio de la facultad que tiene el pueblo para otorgarse su propio orden jurídico, sin que nadie le señale cómo debe ser éste; para decidir libremente su forma de gobierno y para nombrar a quienes van a dirigir los órganos de la estructura política de acuerdo con las leyes.

La esencia de la soberanía es, en consecuencia, la positivación de principios o preceptos jurídicos supremos determinantes de la comunidad, para garantizar la satisfacción de las aspiraciones colectivas, a través de mecanismos democráticos entendidos como algo más que el conjunto de condiciones para elegir y ser elegido libremente; sino especialmente, como una manera de organizar a la sociedad y garantizar un sistema de gobierno que establezca los cauces necesarios de participación de las personas en la política; en la cosa pública en general.

Lo anterior se traduce en que el pueblo es el único que tiene la facultad de decidir libremente la forma de gobierno que garantice la satisfacción de sus necesidades colectivas y fomente el cumplimiento de sus derechos.

Esto debería significar que las plataformas electorales en las que los candidatos presentan sus propuestas a los ciudadanos, deben convertirse no solamente en promesas de cumplimiento, sino en planes de desarrollo y en programas sectoriales, una vez que son electos por el sufragio popular.

Es decir, como ciudadanos debemos exigir mecanismos formales para asegurar que el ejercicio de la soberanía y de la democracia implique una relación ininterrumpida y bidireccional entre ciudadanos y gobernantes. Esto es, demandar que la voluntad ciudadana emitida a través del voto, se traduzca obligatoriamente en la acción de gobernar.

En vísperas de las elecciones tanto federal como estatal del 2018, analizaremos durante las próximas entregas esta necesidad de sobreponer en las campañas la plataforma electoral, respecto de la simple mercadotecnia. De garantizar que las promesas en periodos electorales se traduzcan en obligaciones de gobierno, so pena de sanciones.

Abordaje

No sé qué tienen los aeropuertos, o las eternas esperas en ellos, pero estar sentado, varado, rodeado de cientos de seres que transitan hacia destinos desconocidos, lo ponen a uno a filosofar.

Recuerdo un espléndido texto de mi querida Natalia Herranz, publicado en Comouno.tv hace ya varios ayeres. Desde la incómoda silla de un aeropuerto hizo un magnífico recorrido hacia atrás y hacia adelante de su vida.

No es mi intención emularla. No podría ni acercarme a su excelsa reflexión. Pero sí quiero poner en palabras algunas de las cosas que pienso en esta ociosa espera viajera.

Todos tenemos un punto de partida y desde ahí anhelamos llegar a un destino por muy diferentes razones. Algunos saben exactamente por qué quieren llegar ahí, muy pocos saben realmente para qué lo desean. La mayoría no sabemos ni lo uno, ni lo otro.

Algunos viajan acompañados, otros lo hacen solos. De esos acompañados, hay algunos que se sienten solos, a pesar de la presencia que tienen a su lado. De aquellos que lo hacen solos, hay un tanto que se sabe profundamente acompañado, desde la distancia.

Hay quienes se resisten a viajar, y quienes desesperadamente anhelan hacerlo. Están los que viajan con la alegría de la ilusión, y los que emprenden el camino con la añoranza de lo que dejan atrás.

Hoy, en esta momentánea y obligada pausa, observo varios caminos frente a mí. Floto en un halo intemporal, en el que pienso lo complicado que ha sido este año, lleno de drásticos cambios, de muchas decisiones -algunas meditadas, otras abruptas-, de sentimientos encontrados, de incertidumbre, de impotencia, de incredulidad, de desesperación, de temor, de angustia; pero también de grandes ganas de no claudicar, de emprender, de reinventar, de vivir nuevos comienzos, de seguir disfrutando intensamente la vida, de corresponder a mis ángeles terrenales -antigüos y nuevos- que me han sostenido, protegido, impulsado y alentado.

Más que nunca valoro la lealtad, honro la amistad, bendigo a quienes se alejaron y amo a los que están a mi lado. Sí, bendigo a quienes se fueron y les agradezco todo lo que recibí de ellos. Sí, amo profundamente a esas personas que decidieron seguir/estar/llegar a mi lado y acompañarme en este nuevo viaje por destinos compartidos.

Amo infinitamente a mis padres. Amo inmensamente a mis hijas. Amo eternamente a mis hermanos. Amo agradecidamente a mis amigos. Amo ilusionado a mi Puebla. Amo esperanzado a mi México. Amo entusiasmadamente a la vida. Amo ilimitadamente a mi Dios.

Con todos ellos estoy agradecido y comprometido. Hoy viajo por un objetivo muy claro. El lunes lo haré por otro largamente anhelado. A finales de enero viajaré con toda la fe de seguir acompañado por mis dos más grandes motivos.

Cuál será el resultado de esos viajes. No lo sé. Francamente lo desconozco.

Lo que sí sé es que quiero viajar. De ida, y en ocasiones de vuelta. Con rumbo, y a veces sin él. Caminando, corriendo o volando. Con paciencia ante las pausas y eventualidades. Con fe ante la incertidumbre.

Quiero viajar ligero. Sin cargas, ni apegos. Quiero viajar siempre acompañado, ya sea con la presencia física o emocional de mis seres amados. Quiero viajar dejando huella de amor.

Parece que la neblina se disipa. Es hora del abordaje. Creo…

Corresponsabilidad

En las últimas semanas, nos hemos regodeado con las “fantásticas” historias de rampante riqueza de gobernantes mexicanos.

A través de los medios recorremos caballerizas de ensueño y suntuosas propiedades dentro y fuera de México; hablamos de empresas fantasma a través de las cuales se adjudicaron contratos multimillonarios; discutimos sobre obras inexistentes, despojos, “incumplimientos del deber legal”.

Recontruimos diálogos y estados de ánimo. Suponemos respaldos, traiciones y desprecios. Imaginamos detalles de fugas y encubrimientos. Apostamos por fechas, lugares y condiciones de capturas.

Vaya, nos convertimos en extasiados émulos de Oliver Stone.

Pero, inmerso en estos días de reflexión, me pregunto si nuestro país no se merece algo más que estas comedias políticas, con las que tanto nos gusta evadirnos de crudas realidades.

Me pregunto, en dónde estamos como sociedad, no al final de estas historias de corrupción, sino mientras ellas suceden. En dónde estamos, no al final de los periodos de gobierno, sino durante cada uno de los dos mil ciento noventa días que dura un sexenio.

¿Por qué nos desentendemos de la cosa pública, para que algunos la manejen como cotos impenetrables?

¿Por qué nos centramos sólo en los que matan a la vaca, y no en quienes le agarran la pata?

Nuestro sistema democrático está diseñado de tal manera que exista una vigilancia permanente en la actuación de nuestros servidores públicos. Los poderes legislativos auditan año con año las cuentas de los poderes ejecutivos; con la misma periodicidad realizan las glosas de sus informes de gobierno. La federación autoriza recursos a los estados y municipios, condicionados a la exacta justificación de su aplicación.

Entonces, por qué, ante los casos de corrupción, no señalamos también a quienes tácita o expresamente la permiten. Por qué no revisamos a quiénes autorizaron durante seis años, las cuentas públicas de estos exgobernantes. Por qué no releemos la forma en la que los diputados locales analizaron los seis informes de gobierno de estos tipos. Por qué no cuestionamos por qué la federación siguió proveyendo de recursos a estas entidades, sin revisar su puntual acreditación. Por qué no visitamos las hemerotecas, pera recordar las declaraciones de los representantes de diversos sectores al salir de los informes de gobierno de estas personas.

No dejemos los temas públicos en manos de unos cuantos. No nos limitemos a elegir a nuestros gobernantes. Comprometámonos a revisar permanentemente su desempeño y a señalar jurídicamente sus deficiencias.

¿O, preferimos seguir en el papel de víctimas de hechos consumados, y no en protagonistas de nuestro presente y futuro?

A movernos

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En París 1900, México inició de manera informal su participación en los Juegos Olímpicos modernos, con un equipo de polo integrado por los hermanos Barrón, que obtuvieron una medalla de bronce. No fue sino hasta 1924, nuevamente en la Ciudad Luz, cuando nuestro país envió formalmente una delegación, representada por un comité olímpico. Desde entonces, México ha participado ininterrumpidamente en las subsecuentes ediciones de estos juegos.

Al menos, premio de asistencia, si lo otorgaran, nos merecemos. Porque medallas en deportes oficiales hemos obtenido solamente 66, en estas 23 ediciones a las que hemos acudido en los últimos 92 años. En Río, tan pronto eliminaron a nuestro equipo varonil de futbol, el centro de la atención lo dejaron de ser nuestros deportistas, para enfocarnos en sus dirigentes. En vez de hablar de deporte, o del espíritu olímpico, nos enfocamos en identificar culpables, con los que pudiéramos descargar nuestra frustación deportiva.

No me cabe la menor duda que los dirigentes de la Codeme, o de las federaciones, o de los institutos estatales, son responsables de buena parte de nuestros indigentes resultados olímpicos. Pero ellos son eso, la punta de la pirámide. Ellos no serían lo que son, ni harían lo que hacen -o no hacen- si como sociedad camináramos en un sentido contrario. Si como sociedad dejáramos de lamentarnos cada cuatro años de nuestros fracasos en los mundiales de futbol y en los olímpicos, para poner en el centro de nuestra atención al deporte, no solo como satisfactor por las medallas o las copas del mundo, sino como una forma de vida que ayuda a solucionar buena parte de nuestros problemas sociales.

El deporte ha sido en nuestro país, algo que vemos de lado, de manera informal, poco seria. En las escuelas, si a los padres de familia nos dijeran que van a disminuir las horas de matemáticas para incrementar las de educación física, pegaríamos el grito en el cielo. Si en las universidades, la actividad deportiva fuera un eje y no un complemento, dudaríamos de su “calidad” educativa. Si en los medios de comunicación alentáramos el deporte amateur y bajáramos del pedestal a los futbolistas que de profesionales solo tienen el mote, probablemente perderíamos anunciantes. Si en las empresas patrocináramos a verdaderos deportistas y no a ídolos de oropel, seguramente al de mercadotecnia lo pondrían de patitas en la calle.

Porque como sociedad, estamos acostrumbrados a centrar nuestra atención en el deporte o en los olímpicos o en los mundiales, y el resto del tiempo en las jornadas del futbol mexicano. Quizá ayudaría comprender que el futbol profesional mexicano más que deporte, es espectáculo. Que el semillero de los equipos de primera división no lo son los bachilleratos o las universidades, sino los intereses particulares. Entonces, tal vez, nos daríamos cuenta que el deporte, su esencia, sus causas y consecuencias son superiores a los intereses económicos y políticos de nuestros dirigentes deportivos y del futbol profesional.

Como sociedad, nos conviene empezar a movernos. A movernos para quitarnos esa medalla en obesidad infantil. Esa copa mundial en hipertensión. Ese oro en sedentarismo.

El deporte produce beneficios físicos, psíquicos y sociales. La carta internacional de la educación física, la actividad física y el deporte ubica a este tema como uno de los derechos fundamentales del ser humano, y entre otros, afirma que con su práctica se obtienen los siguientes resultados: “la educación física, la actividad física y el deporte pueden reportar diversos beneficios individuales y sociales, como la salud, el desarrollo social y económico, el empoderamiento de los jóvenes, la reconciliación y la paz… la oferta de educación física, actividad física y deporte de calidad es esencial para realizar plenamente su potencial de promoción de valores como el juego limpio, la igualdad, la probidad, la excelencia, el compromiso, la valentía, el trabajo en equipo, el respeto de las normas y las leyes, la lealtad, el respeto por sí mismo y por los demás participantes, el espíritu comunitario y la solidaridad, así como la diversión y la alegría…”

¿Queremos más beneficios? Con girar a nuestra comunidad a una vida en el deporte, tendríamos una sociedad no solamente más sana y productiva, sino esencialmente una sociedad en plenitud. Empecemos a movernos en nuestras familias, en nuestras escuelas, en nuestras universidades, en nuestros centros de trabajo. Empecemos a fijar nuestra atención en el deporte, no como una actividad de esparcimiento, sino como una necesidad de vida. Obliguemos a nuestras autoridades a moverse también. A salir del marasmo de la grilla política, para dedicarse a políticas de Estado que realmente nos beneficien -a todos- como país.

Entonces, y solo entonces, nuestras presentes frustraciones olímpicas, se convertirán en oportunidades sociales. ¡Vamos. A movernos!

Andar ligero

En estos días he vivido sin horarios para despertar, dormir o comer.
He caminado bajo la lluvia, saltado en charcos y olvidado planes y mapas.
Uso pantalones cortos, en los que no llevo ni cartera, ni compromisos.
Me he alimentado de dulces, chocolates y galletas. Pero especialmente de risas, abrazos y caricias al alma.
He dormido siestas de 15 minutos, o de una hora y hasta de dos.
Me duelen las piernas de tanto caminar, pero más me duele la cara por reír, mirar al sol y admirar la luna.
He fotografiado sin filtros, hablado sin adjetivos y disfrutado, por la simple razón de querer hacerlo.
Me he asombrado, ilusionado y llenado de adrenalina.

He olvidado miedos, prejuicios y condicionamientos
He tocado lugares que visité con mi familia de origen y luego con la nuclear.
He esperado sin prisas, caminado a paso lento y corrido para llegar, no para vencer.
Me he detenido donde he querido y pasado de largo, sin recriminaciones.
He platicado, pero especialmente he escuchado.
He aventado máscaras, cantado, bailado y gritado.
En estos seis días, he andado ligero, muy ligero.
Así deseo seguir andando…

Ricardo del Moral, el costo de un aventón*

*El texto fue publicado el 13 de marzo de 2015. Lo repetimos hoy, ante el sentido deceso del protagonista real.

Don Ricardo del Moral, revolucionario de buena cepa, ha sido siempre un hombre con los pies bien firmes en la tierra. Fue Ministro de la República, Senador, Gobernador, extraordinario médico y un destacado militar, ahora en el retiro. Padre para sus hijos, hermanos, sobrinos, y demás familiares. Hermano de sus dos entrañables amigos: uno, con una larga trayectoria política que lo llevó a ser cabeza de generaciones de poderosos empresarios; otro, un fuerte ganadero del sur del país. Los tres, visionarios. Los tres, comprometidos.

Conoce perfectamente las avenidas más importantes del poder. Las ha recorrido de ida y vuelta, en varias ocasiones. Ahí aprendió a hacer política en toda la extensión de la palabra. Una política basada en el respeto a las instituciones, pero centrada en la atención a los gobernados. No con demagogia, sino con verdadero sentido social. ¿Será eso realmente posible? Lo es. Me consta. Ya en el retiro, por donde caminara, se formaban filas de personas para platicarle. Para consultarlo como médico. Para pedir su intervención ante autoridades. Para agradecerle los apoyos de muchos años atrás. Para presentarle a sus familias.

Todavía viven quienes lo recuerdan pagando, con su propio dinero, la nómina de los profesores, ante el retraso de las correspondientes participaciones. O en aquellas largas pláticas con su querido amigo, el entonces Presidente de la República. O agendando operaciones gratuitas a media noche, cuando terminaba su turno como gobernante.

Su plática no solo está llena de sabiduría, sino también de refranes, dichos populares, canciones, color y calidez.

En algún momento, en plena sucesión, un simple “aventón” a un vecino que era compañero de gabinete y fuerte aspirante a la presidencia, le generó el odio –así de fuerte-, del Ministro del Interior, Nicolás Chávez, quien, malditas circunstancias, resultaría electo Presidente de la República.

En la plenitud del poder, Chávez ordenó a su testaferro, director de uno de los medios de comunicación con más presencia en la nación, que “destrozara” a Del Moral. Que llenara las páginas de los periódicos con la hiel de una venganza jurada. Eso, se combinó con la determinación de Del Moral de no gobernar para dar gusto a los periódicos, sino para atender a los ciudadanos. Fue la fusión de gasolina y fuego.

Un responsable Don Ricardo, convencido del bien mayor -el respeto a las instituciones- hizo a un lado el bien menor –su futuro político- y presentó su renuncia. Del Moral dejó el cargo, a pesar del respaldo social. Chávez permaneció en él, en contra del apoyo popular. Cosas de una democracia muy peculiar, que se ejerce a modo y voluntad de los menos.

Lecciones para ser recordadas por las sucesivas generaciones. Pero eso, eso, es otra historia de política ficción por contar.

(fragmento de una novela en proceso)

2016, ideal para debatir

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Al inicio de cada ciclo, es inevitable reflexionar sobre el pasado, afianzarse en el presente e intentar proyectar el futuro. Sucede cuando termina un año, concluye una relación o finaliza una etapa profesional.
Pocas veces, sin embargo, nos damos tiempo de calidad para analizar los ciclos aún abiertos. Un inexplicable temor a la crítica y autocrítica nos paraliza de tal manera que solamente nos damos espacio para movernos en la evasión.
Nos censuramos al participar en la cosa pública, con la certeza de que “los gobernantes siempre saben más que nosotros”. Omitimos participar con nuestra opinión sobre el desarrollo de la sociedad, “porque no vale la pena meterse en problemas”. Cancelamos nuestra voz, para no ser tildados como “revoltosos”.
Hemos dejado que otros decidan lo que a nosotros nos corresponde. Regalamos las riendas de nuestro destino con una impulsividad temeraria. No estamos acostumbrados a debatir más allá de nuestros círculos de confianza.
Por supuesto que esto no es innato. Deviene tanto de prácticas autoritarias acostumbradas a callar al otro a base del amedrentamiento, como de nuestra cómplice pasividad y tolerancia. Hemos optado por el silencio, regalando la preciada libertad de opinión y acción.
2016 empieza un ciclo en el que debemos hablar. En el que callar no se vale. Es un año en el que nuestra participación proactiva es indispensable para transformar nuestros (y resalto NUESTROS) sueños en realidad. Dejemos de vivir vidas ajenas, y construyamos las propias.
Como padres de familia, alumnos, maestros, colonos, vecinos, ciudadanos, empleados, patrones, burócratas, asalariados, empresarios, niños, jóvenes, adultos, mujeres, hombres, tenemos siempre algo que decir. Digámoslo. Entrémosle al debate. No con la intención de vencer, sino de convencer o ser convencidos.
Debatir es un juego de suma cero en el que todos ganamos. En el que las propuestas de todos construyen un mejor futuro compartido. Vale la pena.
Evitemos que en el aparentemente lejano 2017 pensemos retrospectivamente con nuestro tan conocido mea culpa favorito: “si hubiéramos hecho…”, “si hubiéramos opinado…”

Doce veces diciembre

Por Carlos Palafox Galeana

Diciembre es un mes muy especial. Y no me refiero exclusivamente al contenido religioso del mes, sino a esa súbita urgencia que nos entra a todos por poner en orden nuestras vidas.

En diciembre decidimos acercarnos a esos familiares a los que en otras fechas ni siquiera recordamos. Llenamos nuestra agenda de reuniones con amigos, vecinos, entenados y conocidos.

Compartimos el pan y la sal -y uno que otro producto etílico- con jefes, empleados y compañeros de trabajo.

Decidimos añorar lo pasado y desear lo futuro. Llorar a los ausentes; reír con los presentes.

Nos fijamos metas. Planeamos nuevos proyectos y objetivos. Sentimos que nos liberamos de la procrastinación -oh, paradoja- con tan solo decir que en el 2016 ahora sí haremos dieta, sí practicaremos algún deporte, sí estudiaremos, sí perdonaremos, sí viajaremos, sí cumpliremos y un sin fin de sís más, condicionando su cumplimiento únicamente al cambio de año en el calendario. Así, en automático. Como si el simple movimiento de las manecillas del reloj fuera suficiente para transformar lo que siempre hemos sido, en lo que siempre hemos deseado.

Llenamos de luces nuestras vidas, sonrisas, corazones y casas. Nos fundimos en largos y calurosos abrazos. Acariciamos almas. Tranquilizamos ansiedades.

Confiamos abiertamente. Ponemos nuestra esperanza en todo y en todos: en los calzones rojos, en las maletas, en las 12 uvas, en los globos de cantoya.

Nos hermanamos. Nos besamos. Nos felicitamos. Nos solidarizamos. Nos llenamos de parabienes. Volteamos a ver a quienes en los otros meses nos resultan invisibles.

Pero, ¿por qué no nos “humanizamos” así todo el año? ¿Por qué no deseamos felicidad a nuestro vecino, por ejemplo, en mayo? O, ¿por qué no organizamos una gran cena familiar, digamos, a mediados de marzo? ¿Cuál es la razón para no iluminar de alegría nuestras casas, al empezar junio? ¿Qué nos impide convivir con nuestros compañeros de trabajo en septiembre? ¿Cenar ayocotes en febrero? ¿Comer polvorones en agosto?

Dicen que el cambio debe empezar en casa. Así que en COMOUNO.TV hacemos el compromiso de celebrar contigo la vida, todos los días. Convivir en armonía, todos los meses. Buscar la felicidad, cada minuto. Sonreír, al despertar; carcajearnos, tres veces al día. Burlarnos de nosotros y respetar a los demás, siempre.

En COMOUNO.TV queremos que 2016 tenga 12 diciembres. Eso le pediremos a los siempre cumplidores Reyes Magos.

Gracias por crear este sitio. Por escribir en él. Por leerlo. Por compartir vivencias y experiencias. Gracias por ser COMOUNO.

¡Larga vida!

P.D. Nos leemos en enero 2016

Marihuana: discusión sin debate

El tema de la marihuana ha estado en el centro de la discusión desde hace ya varias semanas. Acostumbrados a discutir, más que a debatir, diversos sectores sociales han centrado la agenda mediática nacional en torno a este asunto, más a partir de filias y fobias, que de argumentos fundados y motivados.
Pocos conocen la ponencia del Ministro Zaldívar respecto del proyecto de revocación de la sentencia recurrida por cuatro personas físicas y una moral que sintieron violados sus derechos humanos por la negativa de la autoridad administrativa para emitir autorización para la siembra, cultivo, cosecha, preparación, posesión y transportación del estupefaciente conocido como cannabis y el psicotrópico THC para su uso lúdico y recreativo.
Muchos menos conocen los argumentos que se presentaron, al respecto, en la histórica sesión de la Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación del 4 de noviembre de 2015, en la que se aprobó por cuatro votos a favor y uno en contra, el proyecto de amparo y protección de los quejosos antes mencionados.
Veamos pues, lo que en esa Sala se dijo.
El Ministro Pardo Rebolledo inició la discusión comentando no compartir el proyecto presentado, que solicita se autorice por parte de la autoridad competente diversas conductas que se estiman indispensables para garantizar el autoconsumo del estupefaciente conocido como “marihuana”.
Destaca que dentro de esas conductas, se omite incluir la relativa a cómo se adquiriría la marihuana o su semilla. “Cómo podría garantizarse el ejercicio de este derecho al consumo recreativo de la marihuana, sin incluir el primer paso de este proceso… de dónde se va a adquirir la semilla o el estupefaciente para, a partir de ahí, iniciar las siguientes conductas que solicitan…”, especialmente, agregó, si ese acto inicial del proceso (compra de marihuana o su semilla) es sancionado por el código penal, al ser una conducta típica y prevista como delito. “No es posible pronunciarse sobre la eficacia de los argumentos que se plantean, en virtud –insisto- de que fue excluida la conducta de la adquisición.”
Por su parte, la Ministra Sánchez Cordero recordó que la Corte “ha reconocido el justo alcance de la libertad de la persona para decidir diversas cuestiones, tales como la reasignación sexual, el aborto incausado, el matrimonio igualitario; en todos ellos se ha puesto de manifiesto el reconocimiento de diversas formas en que las personas deciden llevar el rumbo de sus vidas…”
El Ministro Cossío Díaz, señaló enfáticamente que “la experiencia de los últimos cincuenta años demuestra que la política prohibicionista en materia de drogas ha fracasado… es claro que la política que limita el acceso a sustancias controladas, ha contribuido a incrementar la violencia y la corrupción asociadas a la delincuencia organizada… y ha generado un mercado negro de millones de dólares afectando con todo ello los derechos humanos y la salud de la población mundial…”, por lo que urgió a la sociedad a replantearse el modelo de aproximación al fenómeno del consumo y la producción de las drogas.
Entiendo de estas palabras, que para el Ministro Cossío el problema del narcotráfico no se genera por el consumo y la distribución, sino por la política prohibicionista que limita el acceso a las drogas. Sin comentarios.
Posteriormente, reflexionó que “toda vez que nuestra decisión implica un pronunciamiento general sobre la política nacional en materia de drogas… hubiera sido deseable acudir al conocimiento técnico y científico especializado de manera formal, así como escuchar las opiniones de diversos sectores”.
“Desde mi perspectiva, haber realizado respecto del tema de la legalización de la marihuana un ejercicio como el que acabo de mencionar, con la intervención de todos los actores relevantes y de la opinión pública, hubiera permitido a esta Suprema Corte no sólo resolver este caso concreto, sino constituirse en el foro nacional para la discusión y futura implementación de una política integral en materia de drogas.”
Fue más allá. “El hecho de que no existe evidencia científica concluyente sobre el grado de afectación que cause el consumo de la marihuana –como el propio proyecto lo reconoce- no nos permite considerarla como una sustancia inocua; de ahí que tengamos frente a nosotros un reto enorme en términos de salud pública.”
“… el día de hoy nuestra sentencia está dando inicio a un proceso a la inversa, pues previo a la construcción de un marco regulatorio se están otorgando autorizaciones administrativas con fundamento en una resolución jurisdiccional… por eso me parece que nuestra sentencia debiera precisar de mejor manera posible, no sólo los efectos concretos, sino también medidas exhortativas de carácter estructural… que posibiliten la creación de una política pública integral en materia de drogas.”
Al respecto, el Ministro ponente comentó: “Con independencia de que los derechos humanos no pueden ser sujetos a consulta; me parece que en el tema en particular, la evidencia científica es tan robusta, es tan grande, y tan evidente, que haría innecesario recurrir a la opinión de ¿quién?, ¿un perito?. ¿Un perito específico tendría más validez que toda la literatura científica que se ha construido?… para eso se analizaron más de cuarenta estudios, todos ellos de universidades, organismos y académicos prestigiados y fueron publicados en revistas o libros arbitrados por la comunidad científica… Sobre las conclusiones a las que llegó el proyecto con base en dichos estudios, es pertinente hacer las siguientes aclaraciones: la propuesta nunca afirma que el consumo de la marihuana no genera daños a la salud, sino que estos no son tan graves como comúnmente se cree, y que por ello, la medida de la prohibición absoluta es desproporcionada. Tampoco se señaló que el consumo de la marihuana no generara dependencia, sino que su grado de probabilidad es bajo, ubicado en alrededor del 9%.”
De esta participación, me parece importante cuestionar si esos cuarenta estudios que leyeron en publicaciones científicas para elaborar el proyecto, son estadísticamente suficientes, y especialmente, si el o los abogados que las leyeron, tienen la capacidad científica tanto para su interpretación, como para aceptarlos como acertados, sin haber recurrido a la opinión de peritos en la materia. Considero audaz y hasta soberbio que un abogado, por más Ministro que sea, estime que no necesita recurrir a nadie, ni a nada, más que a la lectura de revistas, para pronunciarse con suficiente sustento en un tema tan importante.
Por su parte, el Ministro Presidente comentó que desde su perspectiva, “la única pregunta que tenemos que responder desde la Constitución, es la siguiente: ¿El Estado tiene derecho a decidir lo que cada uno de nosotros puede hacer en su vida privada respecto de su persona, es decir, cada persona es libre para decidir lo que puede hacer consigo mismo en su ámbito privado o no?”
Aportó además una definición del derecho al libre desarrollo de la personalidad, entendido como el conjunto de derechos a la libertad de conciencia, dignidad e incluso al derecho a la vida.
Lejos del análisis jurídico de los argumentos presentados por los Ministros, pareciera que esta discusión tuvo como ejes fundamentales la utilización de adjetivos estridentes, y de lugares comunes de impacto mediático. No entiendo cómo una decisión de tal trascendencia, puede sustentarse en afirmaciones tan subjetivas como “no es tan grave” el uso de la marihuana; o que la “evidencia científica es tan robusta” porque se consultaron cuarenta revistas; o que el problema de las adicciones a las drogas no es generado por el consumo y distribución, sino por su prohibición.
Creo que es hora de que todos los sectores nos alejemos de las luces mediáticas, y nos acerquemos al análisis y debate serio de los temas que verdaderamente consideramos importantes. No tengamos miedo a disentir. Por el contrario, temamos callar y evadir.

Complementariedad

Hace 50 años, Carlos y Rosario iniciaron una familia de la que me siento profundamente orgulloso. El 23 de septiembre se casaron en Puebla, ciudad del novio, por lo civil. El 25 en Acapulco, ciudad de la novia, por la Iglesia.

La misa estaba programada para las 8 de la noche, en la catedral de ese puerto. Unos minutos antes, la angustiada novia suplicaba a su padre que salieran ya rumbo al templo. La respuesta reiterada del papá era: “nuestra ferretería se cierra a las 8. A esa hora bajamos la cortina y nos vamos a tu boda”. Su disciplina en el trabajo, no hacía excepciones.

Por otra parte, la puntualidad de la familia del novio, los tenía agobiados al pie del altar, esperando a la novia. Cada familia fiel a su estilo.

El sacerdote decidió iniciar la celebración, sin la presencia de la novia, quien se incorporó a la misa un buen rato después.

Desde ese momento, el nuevo matrimonio aprendió a crecer como pareja a pesar de las grandes diferencias que existían entre ellos.

Encontraron en el amor y en el respeto dos piedras angulares sobre las que construyeron, sin perder ninguno de ellos su individualidad.

Cada uno desarrolló sus sueños como personas y además cumplieron los compartidos como pareja. Se desarrollaron como extraordinarios seres humanos y excelentes profesionistas. Pero también dejaron huella juntos en cientos de personas a las que ayudaron de muy diferentes maneras.

Aún reciben muestras de afecto de quien en la calle les agradece por la casa del Infonavit con la que lo apoyaron; o por la ayuda en la rehabilitación de un hijo con capacidades diferentes; o con la gestión de un necesario camino en la Sierra Norte de mi Puebla; o con la orientación jurídica en un momento crítico de alguna familia.

Carlos y Rosario, dos personas completamente diferentes no se dejaron vencer por la fácil tentación de querer cambiar al otro para convertirlo en un ser espejo. Decidieron seguir siendo ellos mismos, respetando su individualidad, y utilizaron esas diferencias como una oportunidad para complementarse.

El estudioso se complementó con la publirrelacionista. La activa con el analítico. El entregado con la compasiva. La entusiasta con el disciplinado. La risueña con el serio. El objetivo con la sentimental.

Formaron una familia con tres hijos que heredaron esas diferencias, pero que crecieron aprendiendo que se debe sumar para multiplicar, crecer en equipo.

Tres hijos que recibieron lo mejor de sus padres. Entereza y entrega ante las muchas adversidades que vivió la familia. Cariño, apapachos, besos y abrazos en las tristezas. Porras, aplausos y motivación en los triunfos. Regaños, paciencia y comprensión en los caminos desviados. Prudencia y respeto ante las decisiones poco acertadas. Presencia, apoyo, compasión y amor en todo momento.

Rosario, Luis Enrique y Carlos han sido extraordinariamente afortunados como hijos de ese matrimonio. Como testigos de que los tropiezos en una relación sirven para reafirmar el paso, cuando el egoísmo cede ante el amor.

50 años de matrimonio no son fruto de la casualidad. Son obra de muchos errores, de muchos problemas, de muchas adversidades, pero especialmente de un gran respeto en el amor. Son, principalmente, una bendición de un Gran Dios, misericordioso, amoroso, grandioso.

¡Felices 50 años de matrimonio, Carlos y Rosario! ¡Feliz cumpleaños número 75, querido y admirado Carlos!

Gracia por ser mi ejemplo, mi guía, mi consuelo, mi apoyo y mi impulso. Los amo, papás. ¡Larga vida!

Vivamos México

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Estos días nos llevan a sentirnos muy tricolores. A colocar banderas en autos, balcones, azoteas. A pintarnos franjas en el rostro; usar vestidos típicos; a comer chalupas, pozole, pelonas; a beber tequila y mezcal.
Llenamos plazas, nos reunimos con familiares y amigos, disfrutamos los desfiles, escuchamos música vernácula. Sentimos a un México muy nuestro y gritamos a todos pulmón que VIVA.
Pero, en mi opinión, ese patriotismo tiene sentido solamente si lleva un complemento: hacer que México efectivamente VIVA, más allá de una simple demostración de euforia.
México no es una ficción, propia cuando se trata de festejar su Independencia, Revolución, o el triunfo de algún equipo representativo; ajena, cuando es para señalar culpables de crisis, corrupción o violencia.
México es una realidad. Una realidad que construimos o destruimos cada uno de los seres humanos que pisamos su tierra y respiramos su aire. Todos somos dueños de nuestro país, y por lo tanto, no podemos dejar en manos de nadie más su conducción y destino.
México es el empleado que se levanta en Chalco a las 4 am para llegar a su trabajo en Ciudad Satélite a tiempo. México es el profesor que camina kilómetros cada mañana para llegar a su salón en la escuela rural. México es la madre y el padre que educan a sus hijos con ejemplo e integridad; el obrero productivo; el empresario proactivo; el estudiante dedicado; el campesino que deja la vida ante intermediarios, a cambio de unos cuantos pesos.
México (con sus recursos), no es de los gobernantes, ni de los políticos, ni de los coyotes, ni de los delincuentes, ni de los líderes sindicales o empresariales. Es un México de todos, responsabilidad de todos, en el que todos tenemos que hacer con esfuerzo, entrega y gratitud la parte que nos corresponde. Nadie puede sentirse parte de este barco, si no rema al parejo que los demás.
Por ello, estos días nos deberían servir para recordar que el esfuerzo independentista debe hacerse valer por todos, todos los días, en todos los rincones de nuestro país. No dejemos en otros la vida de nuestro México. No gritemos que viva México, como si esa responsabilidad le correspondiera a los gobernantes, o al destino, o a la suerte.
Vivamos México. Hagamos que viva, con la suma de acciones de cada uno de los más de 120 millones de sus habitantes. José María Morelos y Pavón lo dijo más claro: Temamos a la historia que ha de presentar al mundo el cuadro de nuestras acciones.

Jóvenes, no dejen de ser

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El inicio de cada semestre en las aulas universitarias, es una experiencia que me fascina cada vez más. Compartir con treinta o cuarenta jóvenes su necesidad de conocimiento; sus ganas por cambiarlo todo; el interés por salirse de los caminos conocidos para trazar el propio, a pesar de la incertidumbre; el impulso por cuestionar irreverentemente, sin dar por hecho nada, son actitudes retadoras que me llaman a la reflexión.
¿En qué momento dejamos de ser esos rebeldes preguntones, decididos a cambiar un mundo que sentimos tremendamente injusto? ¿Por qué sustituimos al hambre de transformación con la gula de las zonas seguras y de confort? ¿Cuándo el miedo a perder algo triunfa sobre el impulso de arriesgar para crecer? ¿Por qué perdemos esa autoconfianza luminosa, para convertirnos en seres timoratos, grises, apagados, cansados?
Los “adultos” nos jactamos de enseñar a las siguientes generaciones. ¡Cuánta vanidad! Con un poco de humildad, nos daríamos cuenta de la gran oportunidad que tenemos de aprender de ellos; de ver a través de sus ojos oportunidades transformadoras, reformadoras; de abrevar su energía para no sucumbir ante el status quo.
Cuánta falta nos hace debatir sin temor; soñar sin límites; cambiar sin miedo; mantener nuestra esencia; preferir nuestros valores por encima de los intereses; reír con amplitud; llorar sin pena; abrazar con el corazón; vivir con intensidad.
Cada inicio de semestre, me recuerdo que los adultos no estamos para convertir a los jóvenes a nuestra imagen y semejanza, sino para ayudarlos a no dejar de ser ellos mismos, bajo ninguna circunstancia. A escuchar experiencias, opciones, alternativas. Para poner nuestra mano sobre su hombro. No para detenerlos. No para empujarlos. Sino para unirnos a ellos y transitar juntos, como iguales, en este mundo que como “adultos” hemos puesto de cabeza.
Cada etapa de la vida tiene una razón de ser. Los “adultos”, no somos mejores que los jóvenes. Tampoco somos mejores que los adultos mayores. Mucho menos somos superiores a los niños.
Qué tal si los adultos amamos incondicionalmente, como lo hacen los niños. Soñamos sin límites ni temores, como lo hacen los jóvenes. Agradecemos con reconocimiento y lealtad, como lo hacen los adultos mayores.
O mejor, qué tal si niños, jóvenes, adultos, adultos mayores zanjamos las brechas generacionales y nos ponemos a empoderar juntos a esta sociedad, antes de que se nos deshaga en las manos.

Mandato ciudadano

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Hace unos días leí en el blog de Eduardo Caccia (http://ecaccia.blogspot.mx/) un artículo llamado “Esencia bribona”. En él hace referencia al libro “Las hazañas bribonas: cultura de la ilegalidad”, del doctor José Guillermo Zúñiga Zárate, para argumentar que los mexicanos tenemos un código genético o cultural que nos lleva a construir un patrón progresivo de conducta proclive a la ilegalidad, que inicia con “muchas leves transgresiones, pequeños actos permisibles, que luego escalan a delitos mayores, y se autojustifican en cualquier nivel socioeconómico y cultural.”
Cita, por ejemplo: “He visto, en una escuela primaria de alto poder adquisitivo, muchos autos en cuya placa trasera se ha sobrepuesto una mica que impide que el radar contra el exceso de velocidad les tome una fotografía y les multen. Hablo de padres de familia con educación, indignados por la corrupción en México, por la fuga de El Chapo, por el actuar del Presidente y su gobierno, que son, por otro lado, una manifestación de la enfermedad degenerativa y crónica del país: todos formamos parte de un sistema corrupto.”
Triste verdad. Aceptamos, mantenemos y alimentamos un sistema corrupto del que todos formamos parte. Unos activamente, dando y recibiendo; otros pasivamente, permitiendo, cerrando los ojos, apretando los labios, escondiendo nuestro enojo detrás de chistes y memes con los que banalizamos un entorno de decadencia moral, política, económica y social.
Estoy seguro, sin embargo, que nuestra esencia como cultura es mayoritariamente buena. Que somos muchos más los buenos que los malos. El problema es que nos minusvaloramos. Nos amedrentamos frente a la prepotencia. Nos mofamos de la impunidad. Hacemos héroes a los villanos. Cedemos la vía pública a juniors, amantes y testaferros, escoltados por guarros neandertales. Cantamos emocionados historias musicalizadas de criminales y asesinos. Aplaudimos la soberbia de nuestros líderes.
Despreciamos a los honestos. Ridiculizamos a la gente de bien. Argumentamos que el que no tranza no avanza; que político pobre es un pobre político; que no importa que roben, mientras hagan obra.
Nos ocupamos en los desaires entre la pareja presidencial, o el caído pastel de cumpleaños, o la vestimenta fuera de lugar, o el nuevo corte de pelo de Ochoa, o el próximo cese de Herrera. Pero hacemos a un lado el análisis de la Ronda Uno; del presupuesto base cero; de las responsabilidades administrativas y penales de servidores públicos de todos los niveles implicados en fugas de reos, obras inútiles o inconclusas, robos y secuestros; del uso personal de recursos públicos; de la disminución del poder adquisitivo de las familias mexicanas; de programas públicos y privados opuestos a la sustentabilidad y al respeto medioambiental.
Somos tan generosos, que no solamente permitimos que los menos pisoteen nuestros derechos, sino que además hacemos su trabajo. Ante la pasividad y ociosidad de diversas autoridades, evitamos confrontarlas y optamos por crear organismos no gubernamentales para resolver nuestras necesidades como sociedad.
Pero regresemos a Caccia y las recomendaciones de Zúñiga Zárate: “evidenciar, hacer conciencia (al estilo AA) del patrón de deshonestidad (si se habla de ello desde la casa, oficina, calle, será más difícil hacer lo contrario, disminuiría la doble moral), abrirse a prácticas internacionales, usar manuales de procedimientos, lograr certificaciones, cumplir reglas y leyes sin excepciones (cero tolerancia), usar tecnología (GPS, cámaras de vigilancia, etcétera), implantar una cultura de legalidad desde casa (no es suficiente que haya leyes y reglamentos), cambiar la programación neurolingüística cultural, incluir a las mujeres (especialmente las madres, aquí coincide con Sara Sefchovich) para detener a los delincuentes de casa, entre otras.”
Me atrevería a agregar una propuesta. El bastón de mando es nuestro, de la sociedad civil. Nosotros decidimos a quién le prestamos el gobierno, en qué queremos que se inviertan nuestros impuestos, a dónde queremos llegar, cómo y con quién. Somos la cúspide de la pirámide y no la base.
Ya empezamos a creer que un ciudadano independiente puede vencer a las decadentes estructuras. Empecemos a creer también que la sociedad civil tiene la potestad para elegir, decidir, mandar, vetar y sancionar. Valemos mucho juntos. Unidos en la diversidad. Convencidos de lo que somos y de lo que queremos ser. Sustituyamos la esencia bribona con nuestra grandeza social. Esa misma grandeza que hemos demostrado ante terremotos, huracanes y otros desastres. Esa es nuestra verdadera esencia. La esencia de nuestra pujante sociedad ejerciendo el mandato ciudadano.

Visión de un líder

Warren Bennis, gurú en los estudios de liderazgo dice que “el liderazgo es la capacidad de transformar la visión en realidad”. Por ello, creo que es muy importante conocer la visión que el líder de más de 1 mil 650 millones de personas nos propone transformar en realidad, más allá de filias o fobias religiosas o ideológicas.
Con una intención antológica pues, y no doctrinaria, cito a continuación algunos de los párrafos que el Papa Francisco comentó durante su reciente visita a Ecuador, Bolivia y Paraguay.
Educación
Me pregunto con Ustedes educadores: ¿Velan por sus alumnos, ayudándolos a desarrollar un espíritu crítico, un espíritu libre, capaz de cuidar el mundo de hoy? ¿Un espíritu que sea capaz de buscar nuevas respuestas a los múltiples desafíos que la sociedad hoy plantea a la humanidad? ¿Son capaces de estimularlos a no desentenderse de la realidad que los circunda, no desentenderse de lo que pasa alrededor? ¿Son capaces de estimularlos a eso? Para eso hay que sacarlos del aula, su mente tiene que salir del aula, su corazón tiene que salir del aula. ¿Cómo entra en la currícula universitaria o en las distintas áreas del quehacer educativo, la vida que nos rodea, con sus preguntas, sus interrogantes, sus cuestionamientos? ¿Cómo generamos y acompañamos el debate constructor, que nace del diálogo en pos de un mundo más humano? El diálogo, esa palabra puente, esa palabra que crea puentes.
Servicio público y liderazgo
Existe una gran tentación para los líderes —lo repito, prefiero el término servidores, que sirven—; y esta tentación para los servidores viene del demonio, la tentación de creerse indispensables, cualquiera que sea el cargo. El demonio los lleva a querer ser los que mandan, los que están en el centro, y así, paso a paso, se cae en el autoritarismo, el personalismo
Esta tentación, que es del diablo, te hace pasar de servidor a propietario, te adueñas de esa comunidad, de ese grupo. Esa tentación también te hace resbalar hacia la vanidad. ¡Cuántos líderes se convierten en pavos reales!—, el poder nos lleva hacia la vanidad. Y luego te sientes capaz de hacer cualquier cosa, puedes inclinarte hacia los negocios, porque el diablo siempre entra por la billetera.
En todos los ámbitos de la sociedad, pero especialmente en la actividad pública, se ha de potenciar el diálogo como medio privilegiado para favorecer el bien común, sobre la base de la cultura del encuentro, del respeto y del reconocimiento de las legítimas diferencias y opiniones de los demás.
Diálogo
El diálogo es para el bien común, y el bien común se busca, desde nuestras diferencias, dándole posibilidad siempre a nuevas alternativas. Es decir, busca algo nuevo. Siempre, cuando hay verdadero diálogo, se termina en un acuerdo nuevo, donde todos nos pusimos de acuerdo en algo. ¿Hay diferencias? Quedan a un costado, en la reserva. Pero en ese punto en que nos pusimos de acuerdo o en esos puntos en que nos pusimos de acuerdo, nos comprometemos y los defendemos. Es un paso adelante. Esa es la cultura del encuentro. Dialogar no es negociar. Negociar es procurar sacar la propia tajada. A ver cómo saco la mía. No, no dialogues, no pierdas tiempo. Si vas con esa intención no pierdas tiempo.
Es buscar el bien común para todos. Discutir juntos, pensar una mejor solución para todos. Muchas veces esta cultura del encuentro se ve envuelta en el conflicto. En el diálogo se da el conflicto. Y es lógico y esperable. Porque si yo pienso de una manera y vos de otra, y vamos andando, se va a crear un conflicto. ¡No le tenemos que temer! No tenemos que ignorar el conflicto. Por el contrario, somos invitados a asumir el conflicto. Si no asumimos el conflicto no podemos dialogar nunca. Vamos a dialogar, hay conflicto, lo asumo, lo resuelvo y es un eslabón de un nuevo proceso. Es un principio que nos tiene que ayudar mucho. «La unidad es superior al conflicto» El conflicto existe: hay que asumirlo, hay que procurar resolverlo hasta donde se pueda, pero con miras a lograr una unidad que no es uniformidad, sino que es unidad en la diversidad. Una unidad que no rompe las diferencias, sino que las vive en comunión por medio de la solidaridad y la comprensión. Al tratar de entender las razones del otro, al tratar de escuchar su experiencia, sus anhelos, podemos ver que en gran parte son aspiraciones comunes.
Conflicto
No hay que detenerse en lo conflictivo, la unidad siempre es superior al conflicto; es un ejercicio interesante decantar en el amor a la patria, en el amor al pueblo, toda perspectiva que nace de las convicciones de una opción partidaria o ideológica.
Corrupción
La corrupción es la polilla, es la gangrena de un pueblo.
El amor tiene que ser el impulso para crecer cada día más en gestiones transparentes y que luchan impetuosamente contra la corrupción. Sé que existe una firme voluntad para desterrar hoy la corrupción.
Economía
Un desarrollo económico que no tiene en cuenta a los más débiles y desafortunados no es verdadero desarrollo. La medida del modelo económico ha de ser la dignidad integral de la persona, especialmente la persona más vulnerable e indefensa.
Les pido que no cedan a un modelo económico idolátrico que necesita sacrificar vidas humanas en el altar del dinero y de la rentabilidad..
Cuando el capital se convierte en ídolo y dirige las opciones de los seres humanos, cuando la avidez por el dinero tutela todo el sistema socioeconómico, arruina la sociedad, condena al hombre, lo convierte en esclavo, destruye la fraternidad interhumana, enfrenta pueblo contra pueblo y, como vemos, incluso pone en riesgo esta nuestra casa común, la hermana y madre tierra.
La economía no debería ser un mecanismo de acumulación sino la adecuada administración de la casa común. Eso implica cuidar celosamente la casa y distribuir adecuadamente los bienes entre todos.
En la economía, en la empresa, en la política, lo primero siempre es la persona y el hábitat donde vive
Cuando hay amor al hombre, y voluntad de servirlo, es posible crear las condiciones para que todos tengan acceso a los bienes necesarios, sin que nadie sea descartado. Buscar en cada caso las soluciones por el diálogo.
Una economía justa debe crear las condiciones para que cada persona pueda gozar de una infancia sin carencias, desarrollar sus talentos durante la juventud, trabajar con plenos derechos durante los años de actividad y acceder a una digna jubilación en la ancianidad. Es una economía donde el ser humano, en armonía con la naturaleza, estructura todo el sistema de producción y distribución para que las capacidades y las necesidades de cada uno encuentren un cauce adecuado en el ser social.
Esta economía no es sólo deseable y necesaria sino también es posible. No es una utopía ni una fantasía. Es una perspectiva extremadamente realista. Podemos lograrlo. Los recursos disponibles en el mundo, fruto del trabajo intergeneracional de los pueblos y los dones de la creación, son más que suficientes para el desarrollo integral de «todos los hombres y de todo el hombre»
La distribución justa de los frutos de la tierra y el trabajo humano no es mera filantropía. Es un deber moral.
Los planes asistenciales que atienden ciertas urgencias sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras, coyunturales. Nunca podrían sustituir la verdadera inclusión: esa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario.
La globalización de la esperanza, que nace de los Pueblos y crece entre los pobres, debe sustituir a esta globalización de la exclusión y de la indiferencia.
Historia
Un pueblo que olvida su pasado, su historia, sus raíces, no tiene futuro, es un pueblo seco. La memoria, asentada firmemente sobre la justicia, alejada de sentimientos de venganza y de odio, transforma el pasado en fuente de inspiración para construir un futuro de convivencia y armonía, haciéndonos conscientes de la tragedia y la sinrazón de la guerra. ¡Nunca más guerras entre hermanos! ¡Construyamos siempre la paz! También una paz del día a día, una paz de la vida cotidiana, en la que todos participamos evitando gestos arrogantes, palabras hirientes, actitudes prepotentes, y fomentando en cambio la comprensión, el diálogo y la colaboración.
Sustentabilidad
El tiempo parece que se estuviera agotando; no alcanzó el pelearnos entre nosotros, sino que hasta nos ensañamos con nuestra casa. Hoy la comunidad científica acepta lo que desde hace ya mucho tiempo denuncian los humildes: se están produciendo daños tal vez irreversibles en el ecosistema. Se está castigando a la Tierra, a los pueblos y a las personas de un modo casi salvaje. Y detrás de tanto dolor, tanta muerte y destrucción, se huele el tufo de eso que Basilio de Cesarea –uno de los primeros teólogos de la Iglesia– llamaba “el estiércol del diablo”, la ambición desenfrenada de dinero que gobierna. Ese es “el estiércol del diablo”. El servicio para el bien común queda relegado.
La casa común de todos nosotros está siendo saqueada, devastada, vejada impunemente. La cobardía en su defensa es un pecado grave. Existe un claro, definitivo e impostergable imperativo ético de actuar que no se está cumpliendo. No se puede permitir que ciertos intereses –que son globales pero no universales– se impongan, sometan a los Estados y organismos internacionales, y continúen destruyendo la creación. Los pueblos y sus movimientos están llamados a clamar a movilizarse, a exigir –pacífica pero tenazmente– la adopción urgente de medidas apropiadas.
Paz y justicia
Los pueblos del mundo quieren ser artífices de su propio destino. Quieren transitar en paz su marcha hacia la justicia. No quieren tutelajes ni injerencias donde el más fuerte subordina al más débil. Quieren que su cultura, su idioma, sus procesos sociales y tradiciones religiosas sean respetados. Ningún poder fáctico o constituido tiene derecho a privar a los países pobres del pleno ejercicio de su soberanía.
Mantener la unidad frente a todo intento de división es necesario para que la región crezca en paz y justicia.
Relaciones internacionales
Hay que reconocer que ninguno de los graves problemas de la humanidad se puede resolver sin interacción entre los Estados y los pueblos a nivel internacional. Todo acto de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en todo en términos económicos, ecológicos, sociales y culturales. Hasta el crimen y la violencia se han globalizado. Por ello, ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común. Si realmente queremos un cambio positivo, tenemos que asumir humildemente nuestra interdependencia, es decir, nuestra sana interdependencia. Pero interacción no es sinónimo de imposición, no es subordinación de unos en función de los intereses de otros. El colonialismo, nuevo y viejo, que reduce a los países pobres a meros proveedores de materia prima y trabajo barato, engendra violencia, miseria, migraciones forzadas y todos los males que vienen de la mano… precisamente porque, al poner la periferia en función del centro, les niega el derecho a un desarrollo integral. Y eso es inequidad y la inequidad genera violencia, que no habrá recursos policiales, militares o de inteligencia capaces de detener.
El futuro de la humanidad no está únicamente en manos de los grandes dirigentes, las grandes potencias y las elites. Está fundamentalmente en manos de los pueblos, en su capacidad de organizarse y también en sus manos que riegan con humildad y convicción este proceso de cambio.
Y cada uno, repitámonos desde el corazón: ninguna familia sin vivienda, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos, ningún pueblo sin soberanía, ninguna persona sin dignidad, ningún niño sin infancia, ningún joven sin posibilidades, ningún anciano sin una venerable vejez.
Construir puentes en vez de levantar muros. Todos los temas, por más espinosos que sean, tienen soluciones compartidas, tienen soluciones razonables, equitativas y duraderas. Y, en todo caso, nunca han de ser motivo de agresividad, rencor o enemistad que agravan más la situación y hacen más difícil su resolución.
Política Social
Como todo está relacionado, nos necesitamos unos a otros. Si la política se deja dominar por la especulación financiera o la economía se rige únicamente por el paradigma tecnocrático y utilitarista de la máxima producción, no podrán ni siquiera comprender, y menos aún resolver, los grandes problemas que afectan a la humanidad. Es necesaria también la cultura, de la que forma parte no solo el desarrollo de la capacidad intelectual del ser humano en las ciencias y de la capacidad de generar belleza en las artes, sino también las tradiciones populares locales –eso también es cultura– con su particular sensibilidad al medio de donde han surgido y del que han salido, al medio que le da sentido. Se requiere de igual forma una educación ética y moral, que cultive actitudes de solidaridad y corresponsabilidad entre las personas.
Pero debemos estar alerta pues muy fácilmente nos habituamos al ambiente de inequidad que nos rodea, que nos volvemos insensibles a sus manifestaciones. Y así confundimos sin darnos cuenta el «bien común» con el «bien-estar», y ahí se va resbalando de a poquito, de a poquito, y el ideal del bien común, como que se va perdiendo, termina en el bienestar, sobre todo cuando somos nosotros los que lo disfrutamos y no los otros. El bienestar que se refiere solo a la abundancia material tiende a ser egoísta, tiende a defender los intereses de parte, a no pensar en los demás, y a dejarse llevar por la tentación del consumismo. Así entendido, el bienestar, en vez de ayudar, incuba posibles conflictos y disgregación social; instalado como la perspectiva dominante, genera el mal de la corrupción que cuánto desalienta y tanto mal hace. El bien común, en cambio, es algo más que la suma de intereses individuales; es un pasar de lo que «es mejor para mí» a lo que «es mejor para todos», e incluye todo aquello que da cohesión a un pueblo: metas comunes, valores compartidos, ideales que ayudan a levantar la mirada, más allá de los horizontes particulares.
Los diferentes agentes sociales tienen la responsabilidad de contribuir a la construcción de la unidad y el desarrollo de la sociedad. La libertad siempre es el mejor ámbito para que los pensadores, las asociaciones ciudadanas, los medios de comunicación desarrollen su función, con pasión y creatividad, al servicio del bien común.
Una nación que busca el bien común no se puede cerrar en sí misma; las redes de relaciones afianzan a las sociedades.
Medios de comunicación
La concentración monopólica de los medios de comunicación social, que pretende imponer pautas alienantes de consumo y cierta uniformidad cultural, es otra de las formas que adopta el nuevo colonialismo. Es el colonialismo ideológico.

Cepa 1940

En mi línea de vida, mil novecientos cuarenta está resaltado con rojo y amarillo, tal como me enseñaron en el colegio.
El 1 de julio de mil novecientos cuarenta, en la calle de Tacubaya de la colonia Roma, en la Ciudad de México, se fundó con cinco alumnos y cinco maestros estadounidenses, el México City College, hoy Universidad de las Américas Puebla.
Unos meses después, el 27 de septiembre de mil novecientos cuarenta, nació en la Ciudad de Puebla, mi padre, mentor y guía.
Mi padre y mi universidad, son dos de mis piedras angulares. Este año celebro con ambos sus primeros 75 años de vida con admiración, gratitud y fanfarrias.
En agosto de 1984 entré por primera vez al campus de la Universidad. Recuerdo las enormes filas alrededor de la biblioteca para seleccionar materias, horarios y profesores. Aún puedo percibir la emoción y esperanza de ese primer día. Los salones de clase, el auditorio, la hacienda, el tercer piso de la biblioteca, la fuente, el lago, y claro, el 7.5 y la playita son lugares en los que conocí y conviví con personas que mucho sembraron en mi vida.
Con Tomás Sibaja, Olga López y Alejandro Manjarrez formamos la planilla “Movimiento” y aprendimos la política estudiantil. La revista Ensayos fue un primer foro de expresión y crítica. Conocí a estudiantes aguerridos como Benito Ánimas y Tony Gali. Tuve espléndidos profesores como Harold Kirkpatrick, Marco Almazán, Jesús Velazco, Román López, Edward Simmen, Jorge Calles, Fernando García Rosas, Blanca Alcalá, Moisés Romero Beristain, Marcela Corro, Alejandro Romero, Robert Shadow, Silvia Santillán de Lemini y muchos más. Algunos eran progresistas, otros conservadores, pero de todos ellos aprendí no solamente lo que decían los syllabus, sino la esencia de seres humanos generosos y visionarios.
En la UDLAP aprendí que no hay formas únicas de pensamiento. Que todos, en la pluralidad y el respeto, podemos construir sobre nuestras semejanzas, a pesar de nuestras diferencias. Aprendí que el debate no es un instrumento de polarización, sino de unión y fortalecimiento. Que en un mismo lugar podemos convivir diferentes culturas, religiones, ideologías, filosofías, sin necesidad de buscar la predominancia, sino el crecimiento compartido.
Tanto ha significado la UDLAP para mí, que de mil y un maneras he buscado permanecer en ella. “A veces me siento el Peter Pan de la Uni”, le decía ayer a una amiga. Ahora, tengo la fortuna de ser profesor de tiempo parcial y sigo disfrutando cada día en el campus, como el primero. Aprendo y aprehendo de mis alumnos. Sus inquietudes, sueños, preocupaciones, causas, esperanzas, ideales.
En la UDLAP compartí pupitre con mi esposa. Hoy comparto espacios con mi hija. Un sueño hecho realidad.
En la UDLAP conocí a un ser humano extraordinario, inteligente, íntegro, crítico y brillantemente irónico: Luis Ernesto Derbez. Una sucesión de efectos mariposa –como él dice- lo ubicó en el lugar exacto, en el momento necesario. Cuando se requería recuperar el rumbo, rescatar el prestigio y construir el futuro. Con él y su equipo (Mónica, MariCarmen, Cecilia, Mario, Ana María…), la UDLAP llega majestuosamente a estos primeros 27 mil 376 días.
No cabe duda. La magnífica cepa de mil novecientos cuarenta es histórica. ¡Larga vida!

Grecia y España, ¿caminos paralelos?

En su edición electrónica de este miércoles, Forbes presenta un análisis de su colaborador Mike González, en el que sugiere que la crisis económica griega podría ser un “juego de niños” frente a los problemas económicos que podrían suscitarse en Espala, con motivo de la plataforma de gobierno que presenta Podemos en las grandes ciudades que ahora gobierna: Madrid, Barcelona, Cadiz, Santiago de Compostela, Zaragoza y La Coruña.
Veamos. Varios son los factores que han incidido en la crisis económica y financiera de Grecia. Sin lugar a dudas, el primero de ellos fue su ingreso a la Unión Europea, no solo por no tener el respaldo para estar a la altura de la moneda común, sino también por ese constante rumor de que alteró sus balances para poder ingresar y mantenerse en la UE, debido a que un déficit fiscal de más del 5% obligaba a la Unión a intervenir en la economía de esta nación. Grecia tenía un déficit real del 10%.
Otra razón fue la jubilación que se otorgó a las mujeres a partir de los 50 años y a los hombres a partir de los 55, con una pensión del 96% de su último sueldo, cuando en países como Alemania, Francia o Japón el porcentaje se encuentra entre el 30 y el 51%.
Además, Grecia cuenta con 1 millón de servidores públicos muy bien pagados, para una población total de 4 millones de personas activas.
Por si no fuera poco, en los últimos 10 años se crearon 300 empresas públicas innecesarias e improductivas. Por ejemplo, la empresa que opera el metro de Atenas recauda al año 90 millones de euros. Su gasto de funcionamiento anual es de 500 millones de euros.
Su primer ministro, Alexis Tsipras, llegó al poder al ser electo por una población cansada de restricciones económicas y alentadas por una propuesta de relajamiento fiscal y presupuestal.
Apenas esta mañana de miércoles, inmerso en la crisis total, Tsipras mantiene su postura populista. Trata de fijar un descuento especial del 30% en el IVA de las islas griegas; una mínima demora sobre el aumento de la edad de jubilación (comenzar a prolongarla en octubre, en vez de ahora, para alcanzar los 67 años en 2022) y ampliar los plazos para eliminar el cumplimiento de pensión que se otorga a las prestaciones más bajas. Más problemática puede resultar la oferta de reducir el gasto militar 200 millones en 2016 y 400 millones más en 2017 (los socios le pedían de entrada 400).
Tsipras insiste en mantener la convocatoria de referéndum el próximo día 5 sobre las propuestas de Bruselas y pidió el voto del “no” bajo la justificación de que “había que defender un futuro no hipotecado para nuestros hijos”.
González señala en Forbes que Podemos en España, propone la restructuración masiva de su deuda calculada en 1.6 trillones de dólares, cercana ya al 100% de su Producto Interno Bruto, a partir de una política menos restrictiva en la aplicación del gasto y de descartar el pago de aquella que luego de una auditoría no cumpla con requisitos de “legitimidad”; la reducción –estilo Francia- de la jornada laboral semanal, a tan solo 35 horas; sanciones a las empresas que eliminen puestos de trabajo; aumentos a los impuestos a las compañías que tengan utilidades superiores a 1.1 millones de euros, así como incrementos al salario mínimo.
Lo que sucede en estos dos países podría ayudar al resto del mundo a ser muy escrupulosos en el análisis de las propuestas que realizan los candidatos. No porque algo suene bien, podrá aplicarse bien, o tener los resultados que esperamos.
En México hemos vivido la demagogia de izquierda, centro y derecha. Nos hemos dejado llevar por ella. Nos ha arrastrado el canto de las sirenas, y el brillo de los espejitos.
Seamos más analíticos en las campañas electorales. No elijamos frases, colores o candidatos bonitos, sino realistas, eficientes, eficaces e íntegros.
Bien dicen que cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pongamos las nuestras a remojar.

Lealtad

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Cada vez que como sociedad nos encontramos ante una serie de problemas complicados, mencionamos como una de las causas, nuestra carencia de valores. Palabra que nos suena llena de contenido, pero que en realidad es totalmente hueca, si no la complementamos con acciones concretas.

Uno de esos valores es la lealtad, como la virtud de cumplir con un compromiso aun frente a circunstancias cambiantes o adversas. La expresión de respeto y fidelidad hacia una persona, sociedad, soberanía o principios morales. La obediencia de las normas de honor, gratitud, legalidad y solidaridad.

James Carville, estratega político de Clinton, escribió en el año 2000 un libro dedicado especialmente a la lealtad (Stickin´The Case for Loyalty). En él define a la lealtad como uno de los atributos esenciales que toda persona debe tener y exigir de los demás. Atributo que especialmente debe estar presente en las personas que ejercen actividades públicas, a quienes –dice- en aras de la democracia, se les debe exigir que lejos de ser leales a ellos mismos, lo sean con los deseos de la sociedad.

Carville hace referencia al trabajo Loyalty del profesor de la Universidad de Columbia, George Fletcher, quien divide a la lealtad en tres categorías: lealtad a las personas (basada en afectos: amigos, familia, cónyuge); lealtad al grupo de pertenencia (partidos políticos, clubes, empresa), y lealtad a Dios. Asimismo, establece niveles de lealtad. El mínimo que debemos exigir es no ser traicionados. El máximo que podemos esperar es que defendamos juntos una causa común, a capa y espada.

Cuentan que en el año 1189, durante la cruzada a Palestina, el rey de Inglaterra Ricardo Corazón de León cayó en una emboscada en la que murieron todos sus acompañantes, excepto Guillermo de Pourcellet. Al ver peligrar la vida de su rey, Pourcellet gritó a los sarracenos que él era el rey, por lo que lo apresaron y llevaron ante el sultán Saladino, quien al darse cuenta de la trampa e impresionado por la muestra de lealtad, admitió su rescate a cambio de diez soldados suyos prisioneros de los cristianos.

¿Habremos elegido gobernantes por los que ofreceríamos la vida, como Pourcellet? ¿Tendremos gobernantes que reconozcan nuestra lealtad ciudadana, como lo hizo Saladino? ¿Somos leales a nuestra sociedad, a nuestro país, o a nuestros intereses individuales? ¿Somos una sociedad que persigue sueños comunes o simples seguidores de líderes desnorteados y mezquinos?

Para responder lo anterior, me vienen a la mente tres ejemplos recientes, de un país imaginario, de cuyo nombre no me puedo acordar:

1) Un profesor que saca a su gremio a dormir en la calle, a transportarse como pueda y a comer lo que haya; mientras él viaja en avión, pernocta en hoteles y come lo que desea. ¿Eso es un líder leal?

2) Un Secretario de Educación que no encuentra como explicar una decisión tomada al margen de la ley, para sucumbir ante un grupo, sin pensar en la sociedad como conjunto. ¿Eso es un gobernante leal?

3) Un entrenador de selección nacional que atarantado por sus 5 minutos de fama nos quiere vender la excusa de que no llevó a un jugador de talla internacional a la Copa América, por no saber cómo contactarlo. ¿Eso es un personaje leal?

Seguramente ese profesor no sería líder magisterial; ni ese abogado, secretario; ni ese arrogante, entrenador, si como sociedad tuviéramos la certeza de que en nosotros está no encumbrar a quienes no nos son leales, ni dale fuerza a quienes no se suman a nuestras necesidades y anhelos colectivos.

Vaya que nos hace falta practicar la lealtad y multiplicar las acciones basadas en ella.

Lecciones

Soy un orgulloso descendiente de una familia de profesores normalistas. Mi abuelo Carlos salía de su casa antes que el sol, para llegar caminando a la escuela a las 7 de la mañana. Regresaba con los suyos, pasadas las 10 de la noche, luego de dar clases en los turnos matutino, vespertino y nocturno. Muchas personas me han comentado que fue uno de sus mejores profesores, y aún recuerdan no solo sus clases de historia, sino también su dedicación, rectitud e integridad.
Mi abuela Delia fue una de las primeras mujeres poblanas en obtener su plaza de maestra. De niño me contaba, llena de orgullo, que su nombramiento le fue entregado personalmente por el entonces Gobernador del Estado, quien le hizo saber la importancia de su profesión y lo indispensable que sería su trabajo para la sociedad.
Mis tíos Marha, Emilia y Javier, así como su esposa Esperanza, dedicaron buena parte de su vida a la docencia, portando siempre con orgullo el emblema del Benemérito Instituto Normal del Estado (BINE). Mi padre, quizá por el compromiso social de la familia, primero concluyó sus estudios como profesor normalista, para luego estudiar la carrera de abogado. Al igual que mi madre, fueron también, durante varios años, profesores universitarios.
Lo anterior lo comento, con nombres, santos y señas, para destacar mi profundo respeto y admiración por quienes dedican su vida a la educación de nuestros hijos. Lo comento también, porque me tocó vivir, sí las carencias y limitaciones económicas de los profesores, pero especialmente la relevancia y compromiso social de su actividad. Recuerdo por ejemplo, llegar al Paseo Bravo, en donde antes había juegos mecánicos, y escuchar a los operadores saludar con mucho respeto a su profesor Carlos. O al cine con mi abuela, y constatar la admiración con la que era atendida por la encargada de la taquilla, que había sido su alumna.
La docencia era una actividad llena de profundo orgullo y gratitud, tal vez porque el sistema educativo estaba centrado en los alumnos. Con mucha tristeza observo que hoy todo importa, menos los pupilos. Con la bandera de la “educación” se privilegian las cuotas económicas y políticas de los sindicatos de la educación; se condicionan los procesos evaluativos a los caprichos de dirigentes sindicales y autoridades administrativas; se tolera el cierre de calles, autopistas y plazas; se permiten actos de vandalismo, saqueo y destrucción de la propiedad privada; se paralizan ciudades; se arrodillan autoridades; se empinan gobernantes; se afectan procesos democráticos; pero muy especialmente, se deja sin clases a cientos de miles de niños.
Me parece que las autoridades de nuestro país, lejos de acercarse al sistema educativo de calidad, que ellos mismos propusieron como una parte fundamental del prontamente olvidado Pacto por México, se aproximan a políticas cortoplacistas, limitadas a satisfacer a los menos, perjudicando a los más. Porque hay que decirlo, y decirlo claro. Los profesores que protestan con violencia, son una minoría. Según el INEGI, en 2013 había 978 mil 188 profesores registrados en el país, tanto en escuelas públicas como privadas. Ellos, los verdaderos profesores, llegan todos los días a sus escuelas, sin importar si la tienen enfrente de su casa o si deben recorrer veredas a lomo de mula durante horas.
Esos profesores de la mayoría, no se fusionan con los anarcos, ni con sus tácticas subversivas, ni con dirigentes de oropel que hablan de la miseria económica desde su miseria moral. Esos profesores de la mayoría no se distinguen por sus gritos, sino por sus lecciones. Esos profesores de la mayoría no buscan liderazgos ni canonjías. Se dedican a sus alumnos; preparan sus clases todos los días; se actualizan; se paran frente a los niños para cimentar juntos un futuro diferente. Entienden su precisa función como generadores de cambio social, y no lo confunden con egoístas caprichos gremiales.
Esa mayoría de profesores y sus millones de alumnos son quienes deben estar en el centro de nuestra atención. Ser objeto de nuestra dedicación. Ser merecedores de promociones, reconocimientos, apoyos. Ser el eje de un sistema educativo que nos merecemos como país y que requerimos para transitar a una democracia en la que se privilegie el conocimiento, las ciencias, la pertinencia, la razón, la voluntad de los más, el derecho y la equidad. No menos.
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Experiencias electorales

Joseph Roux escribió que nuestra experiencia se compone más de ilusiones perdidas que de sabiduría adquirida. En esa línea, me siento hoy a reflexionar sobre mis ilusiones puestas en la reciente jornada electoral.
Durante todo el proceso, los electores vivimos convocatorias antagónicas. Por un lado, se nos invitaba a votar, a ejercer ese derecho y a cumplir con nuestra obligación ciudadana. Por otro, se demeritaba el valor del voto, sugiriendo que nuestro descontento con los gobiernos y partidos políticos sólo podía manifestarse absteniéndonos o anulando. Los triunfos de candidatos independientes nos comprueban el gran valor de nuestro sufragio. Sí podemos manifestar nuestro enojo hacia los partidos, eligiendo candidatos que nada tienen que ver con ellos. Sí podemos expresar nuestro rechazo hacia candidatos institucionales, seleccionando candidatos ciudadanos.
Me ilusioné también con el repudio hacia los excesos económicos que sufrimos en cada elección. Campañas costosas por dentro y por fuera, que buscan crear candidatos potenciales donde no los hay. Cientos de millones tirados en fábricas de imágenes, ante la falta de identidad, congruencia y capacidad de partidos y aspirantes. En Jalisco, un candidato independiente a diputado local, triunfó, por un margen de dos a uno, con un presupuesto oficial de tan sólo 18 mil pesos.
Me ilusioné con acompañar a mi hija a votar por primera vez, en una ambiente de civilidad y tranquilidad, como cuando mis padres me acompañaron a votar a mí. Juntos, entramos a nuestra casilla, para encontrar a nuestros vecinos, como funcionarios de casilla, y a representantes de todos los partidos, dando transparencia al proceso. Al escribir este párrafo, no puedo dejar de compartir que la primera vez que voté, lo hice por mi padre. Lo hice así, no por el compromiso de la sangre, sino por mi profundo conocimiento de un hombre con una trayectoria intachable y con un verdadero compromiso social. Fue mi mejor decisión.
Me ilusioné, además, con que ningún poder, ni fáctico ni imaginario, diera por sentada su omnipotencia. Las posiciones políticas no deben lograrse como resultado de una lucha de fuerzas, sino como expresión legítima de la voluntad de los electores. Varios son los ejemplos del enojo ciudadano, expresado en las urnas, contra actos de corrupción, decisiones unilaterales y promesas incumplidas.
Quedan, sin embargo, muchas ilusiones por cumplir. Movernos de la democracia electoral a la democracia participativa; acotar el financiamiento público a los partidos políticos; obligar al cumplimiento de las promesas de campaña; aceptar la madurez de la sociedad y evitar la inmovilidad gubernamental, especialmente en programas asistenciales; alejarnos de la sobrerrepresentación; acercarnos a leyes electorales ciudadanas; procurar siempre la libertad de expresión, y no censurarla en las elecciones, bajo ningún pretexto.
Menudo reto.

Corrupción, de la patada

En el día que se promulga la llamada Reforma Anticorrupción, amanecimos con la noticia de que al menos 7 altos personajes de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) fueron detenidos en Suiza, a petición de autoridades judiciales de los Estados Unidos, acusados de corrupción, fraude, asociación delictiva y blanqueo de capitales.
Los anteriores delitos derivan de un presunto pago de alrededor de 150 millones de dólares que para obtener derechos de comercialización de torneos internacionales, realizaron medios de comunicación y promotores, a lo largo de al menos dos décadas.
Los cargos fueron anunciados por la Procuradora General Loretta E. Lynch de Estados Unidos, tras las investigaciones efectuadas en 2013, cuando Chuck Blazer fue acusado de corrupción y posteriormente actúo como informante para el FBI.
La mayoría de los acusados provienen de países del continente americano, en donde se han desempeñado como directivos de la FIFA, organismo que en los últimos 5 años ha generado ingresos por casi 8 mil millones de pesos, derivados de derechos mediáticos, patrocinios, venta de boletos, desarrollo de infraestructura, y por supuesto, la organización del Mundial de Fútbol.
En nuestro país, afiliados de la Federación Mexicana de Fútbol no han estado exentos de acusaciones. El Sistema de Administración Tributaria, ha señalado en diferentes momentos a propietarios y directivos de varios equipos de Primera División, ya sea por el incumplimiento de obligaciones hacendarias, o por defraudación al fisco. En esa lista se han encontrado oncenas como León, Atlas, Puebla, Monterrey, Chiapas y Guadalajara.
En varias ocasiones, se ha publicado también el rumor respecto de la enorme diferencia que existe entre los ingresos reales de técnicos y jugadores, con los que se reportan a las autoridades fiscales, generando presunta evasión en el pago de impuestos.
En el tema laboral, mucho se ha discutido sobre las facultades extralegales que se adjudica la Federación de Fútbol, al impedir que sus futbolistas asociados acudan ante las Juntas de Conciliación y Arbitraje, so pena de excluirlos del fútbol internacional de por vida, con lo que se les niegan los derechos establecidos en el Título Sexto (Trabajos Especiales) Capítulo X (Deportistas profesionales) de la Ley Federal del Trabajo. De igual forma, se han abortado intentos de sindicalización de los jugadores, contraviniendo el derecho de asociación establecido en nuestra Constitución.
El estado de excepción en el que vive el fútbol organizado de nuestro país se extendería a determinar a qué tienen derecho los jugadores extranjeros, como por ejemplo, cuántos pueden jugar en un partido, lo que se contrapone con lo dispuesto en el artículo 33 constitucional que establece que los extranjeros en México tienen derecho a las garantías individuales consagradas en su capítulo I, dentro de las que se incluye el artículo 5 referente a la garantía de libertad de trabajo y profesión.
La opaca actuación de promotores, el famoso draft/ mercado de piernas, la supuesta titularidad de derechos sobre personas (jugadores), complementan la relación de señalamientos que se hacen al fútbol organizado del país.
El hecho de que este deporte sea el que mayor número de aficionados tiene, no le da derecho a su federación a comportarse al margen de la ley. Por el contrario, debiera ser uno de los primeros en sumarse a esta cruzada anticorrupción, transparentar su actuación y apegarla a derecho.
Lo que ha sucedido en las pasadas horas en Suiza debiera servirnos en México para darnos cuenta que la corrupción, también está en la patada.

Votar, para no botar

En estos días, hemos escuchado insistentemente dos propuestas, respecto de las elecciones federales del próximo 7 de junio en México. Una de ellas, no votar. La otra, anular el voto.
Ambas opciones surgen como una forma para expresar nuestra inconformidad con la corrupción, los intereses perversos, el despotismo, el dispendio y la nula representatividad social de los partidos políticos y sus candidatos.
Comparto plenamente esa inconformidad. El sistema político mexicano transita por caminos completamente diferentes a los de la sociedad. La principal muestra de ello lo es el presupuesto de 5 mil 356 millones de pesos que se gastan 10 partidos políticos en las elecciones de este año. Una cantidad que ofende y lastima a una nación en la que 45.5% de su población vive en pobreza.
No coincido, sin embargo, en utilizar al silencio y la abstención como una forma de expresar nuestra indignación. Nuestro voto es una herramienta muy valiosa, especialmente dentro de una democracia electoral, que no ha podido transitar a la deseada democracia participativa.
El 7 de junio, es uno de esos escasos momentos en los que la clase gobernante pone atención a sus gobernados. Es uno de esos anhelados espacios, en los que la sociedad pone en jaque a los políticos.
Nuestro voto es, por tanto, una tribuna única. Con él podemos gritar si queremos pocos o muchos partidos políticos; gobiernos más o menos entrometidos; demagogia u honestidad; continuidad o cambio; improvisación o experiencia; amenazas o propuestas; ciudadanos o facciones.
No utilizar esa tribuna nos muestra como una sociedad abúlica, pasiva, conformista. Nos define como una sociedad que considera que es más cómodo que otros definan por nosotros, para luego desentendernos del resultado. Le permite a las élites políticas actuar con manga ancha, sin preocuparse de lo que queremos como sociedad, al menos en ese breve espacio (electoral), como dice la canción de Milanés.
Dejar de votar, o anular nuestro voto, no genera ninguna repercusión real en los partidos políticos. Votar, genera consecuencias. Quita o mantiene el registro como partido; aumenta o reduce sus participaciones económicas; define ganadores y vencidos; establece aceptados y marca rechazados.
En mi caso, he analizado a los candidatos a diputados federales por mi distrito. A ninguno le confiaría las llaves de mi casa. Definitivamente. Pero encuentro en ellos muchas diferencias, y algunos rasgos que para mí son importantes. Al votar por uno de ellos, no pensaré que estoy eligiendo al mejor, porque en mi demarcación, repito, no lo hay. Pensaré que estoy diciendo a los partidos políticos qué perfil de candidato e ideológico es el menos lejano a mis intereses.
Tomar decisiones es vivir en libertad. Una persona que decide sobre sus elementos esenciales ejercita su derecho a la libertad. No hacerlo así nos transforma en esclavos de las decisiones de los otros (A Stamateas). Nos segrega a papeles secundarios, cuando la vocación democrática consiste precisamente en ubicarnos como protagonistas. No elegir, o anular el voto, desnaturaliza la esencia de la democracia.
Usemos el voto como voz que hace valer nuestros derechos. Como grito para imponer límites a la autoridad. Como señales para indicar el camino que queremos seguir. Como un estandarte que diga, al estilo Coelho, “somos quienes decidimos ser, no lo que los demás quisieran que fuésemos.” No botemos nuestro voto. Votemos.