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Votar, para no botar

En estos días, hemos escuchado insistentemente dos propuestas, respecto de las elecciones federales del próximo 7 de junio en México. Una de ellas, no votar. La otra, anular el voto.
Ambas opciones surgen como una forma para expresar nuestra inconformidad con la corrupción, los intereses perversos, el despotismo, el dispendio y la nula representatividad social de los partidos políticos y sus candidatos.
Comparto plenamente esa inconformidad. El sistema político mexicano transita por caminos completamente diferentes a los de la sociedad. La principal muestra de ello lo es el presupuesto de 5 mil 356 millones de pesos que se gastan 10 partidos políticos en las elecciones de este año. Una cantidad que ofende y lastima a una nación en la que 45.5% de su población vive en pobreza.
No coincido, sin embargo, en utilizar al silencio y la abstención como una forma de expresar nuestra indignación. Nuestro voto es una herramienta muy valiosa, especialmente dentro de una democracia electoral, que no ha podido transitar a la deseada democracia participativa.
El 7 de junio, es uno de esos escasos momentos en los que la clase gobernante pone atención a sus gobernados. Es uno de esos anhelados espacios, en los que la sociedad pone en jaque a los políticos.
Nuestro voto es, por tanto, una tribuna única. Con él podemos gritar si queremos pocos o muchos partidos políticos; gobiernos más o menos entrometidos; demagogia u honestidad; continuidad o cambio; improvisación o experiencia; amenazas o propuestas; ciudadanos o facciones.
No utilizar esa tribuna nos muestra como una sociedad abúlica, pasiva, conformista. Nos define como una sociedad que considera que es más cómodo que otros definan por nosotros, para luego desentendernos del resultado. Le permite a las élites políticas actuar con manga ancha, sin preocuparse de lo que queremos como sociedad, al menos en ese breve espacio (electoral), como dice la canción de Milanés.
Dejar de votar, o anular nuestro voto, no genera ninguna repercusión real en los partidos políticos. Votar, genera consecuencias. Quita o mantiene el registro como partido; aumenta o reduce sus participaciones económicas; define ganadores y vencidos; establece aceptados y marca rechazados.
En mi caso, he analizado a los candidatos a diputados federales por mi distrito. A ninguno le confiaría las llaves de mi casa. Definitivamente. Pero encuentro en ellos muchas diferencias, y algunos rasgos que para mí son importantes. Al votar por uno de ellos, no pensaré que estoy eligiendo al mejor, porque en mi demarcación, repito, no lo hay. Pensaré que estoy diciendo a los partidos políticos qué perfil de candidato e ideológico es el menos lejano a mis intereses.
Tomar decisiones es vivir en libertad. Una persona que decide sobre sus elementos esenciales ejercita su derecho a la libertad. No hacerlo así nos transforma en esclavos de las decisiones de los otros (A Stamateas). Nos segrega a papeles secundarios, cuando la vocación democrática consiste precisamente en ubicarnos como protagonistas. No elegir, o anular el voto, desnaturaliza la esencia de la democracia.
Usemos el voto como voz que hace valer nuestros derechos. Como grito para imponer límites a la autoridad. Como señales para indicar el camino que queremos seguir. Como un estandarte que diga, al estilo Coelho, “somos quienes decidimos ser, no lo que los demás quisieran que fuésemos.” No botemos nuestro voto. Votemos.

Inevitabilidad

El escritor y poeta uruguayo, Mario Benedetti, dijo que uno no siempre hace lo que quiere, pero tiene el derecho de no hacer lo que no quiere.
Con esa célebre frase, podemos comprender que la libertad y la seguridad son dos de los derechos naturales inherentes al ser humano, que sustentan la autonomía de la voluntad, entendida como la facultad que tiene toda persona para producir voluntariamente los efectos jurídicos que desee, mientras la ley los contemple, o al menos no los prohíba. Esto es, la aptitud de todo ser humano para actuar libremente dentro del marco establecido por el ordenamiento jurídico.
La filosofía jurídica nos permite evolucionar este concepto de autonomía de la voluntad, para introducirnos en temas que hasta hace poco permanecían en la oscuridad, con la esperanza de que por no pensarlos, no sucederían nunca. Me refiero al escaso desarrollo de la cultura de la previsión para temas como la enfermedad y la muerte.
En México, menos del 5% de la población ha dictado testamento. Cuando un Notario pregunta por qué no lo han hecho, una buena parte contesta que para “no tentar al destino, o para no llamar a la muerte”. Extrañamente, preferimos que nuestros herederos se sometan a largos y costosos juicios sucesorios intestamentarios, cuando la solución es simple y está en prevenir al dictar testamento. Elegimos evadir y no decidir sobre lo que queremos que suceda con nuestro patrimonio, cuando nosotros ya no estemos.
Quizá por la misma razón, los mexicanos no pensamos con detenimiento si deseamos o no someternos a tratamientos o procedimientos médicos que prolonguen de manera innecesaria la vida, cuando sea imposible mantenerla de manera natural. Preferimos que nuestros familiares incurran en deudas desproporcionadas tratando de mantenernos vivos, cuando científicamente ya no es posible.
Tal vez por ello, no decidimos, cuando tenemos la capacidad para hacerlo, quién queremos que nos ayude a tomar decisiones legales en caso de que por accidente o enfermedad quedemos impedidos para gobernar nuestra persona y bienes. Elegimos que nuestros seres queridos se vean en la necesidad de gastar en un tedioso juicio de interdicción.
Las leyes de voluntad anticipada y de tutela voluntaria buscan precisamente generar el marco jurídico necesario para que en México construyamos una cultura de la prevención ante lo inevitable: todos nos enfermamos y todos moriremos.
En Puebla, recientemente se han generado propuestas en dos de estos tres temas. En cuanto a los testamentos, se ha reducido a dos el número de testigos necesarios para otorgarlo. En lo que corresponde a elegir quién queremos que jurídicamente nos represente en caso de enfermedades incapacitantes, se ha presentado la iniciativa de reforma al Código Civil para contemplar la figura de la Tutela Voluntaria, de manera que una persona capaz pueda designar ante Notario Público a la persona o personas que se harán cargo de ella y de su patrimonio para el momento en que incida en el supuesto de incapacidad.
¿O, hay alguien que se crea inmune a un accidente vascular cerebral? ¿O a traumatismos craneoencefálicos, demencia senil, Alzheimer o Huntington?
Hobbes decía que” un hombre libre es aquel que, teniendo fuerza y talento para hacer una cosa, no encuentra trabas a su voluntad”. Seamos libres, y responsables en el ejercicio de nuestra voluntad. Dictemos testamento para designar quién queremos que reciba nuestro patrimonio; determinemos si queremos o no que se prolongue artificialmente nuestra vida; designemos a la persona que habrá de hacerse cargo de nosotros y de nuestros bienes, en caso de incapacidad jurídica.
Esto no es tentar al destino. No es llamar a la enfermedad o a la muerte. Es afrontar con madurez y previsión la esencia de la inevitabilidad.

¿Magia para abrir al gobierno?

El pasado lunes, el presidente Peña Nieto promulgó la nueva Ley General de Transparencia, la cual obliga a las autoridades de los tres poderes de la Unión, órganos autónomos, sindicatos y a cualquier persona física o moral que ejerza recursos públicos a transparentar la información que generen.
En dicho evento, Peña Nieto afirmó “…la transparencia y la rendición de cuentas son indispensables para generar confianza y seguir perfeccionando nuestra democracia. Los mexicanos tienen derecho a conocer cómo y en qué se invierten los recursos públicos, tienen derecho a saber qué hacen sus autoridades y cuáles son sus resultados… La transparencia es solo uno de los elementos de un paradigma aún más amplio: el gobierno abierto. Los gobiernos abiertos son la nueva frontera de nuestra democracia. Son un nuevo modelo colaborativo que está transformado la manera en la que interactúan los ciudadanos y autoridades”.
De las anteriores palabras del Ejecutivo, destaca un paradigma consistente en centrar a la transparencia como la piedra angular del ejercicio democrático de la actividad pública. En confiar el éxito democrático a la publicación de información por parte de quienes ejercen recursos públicos.
Esta añeja propuesta, no promueve, empero, el “perfeccionamiento de la democracia”. En términos televisivos, aceptar el paradigma sería tan absurdo como afirmar que por cambiar al sistema HD, se mejora en automático el contenido de los programas. O en el ámbito deportivo, que un nuevo diseño de uniforme, volverá campeón a un equipo.
La verdadera piedra angular de toda democracia lo es, desde el origen mismo del concepto, la activa e ineludible participación e intervención ciudadana en sus gobiernos; la participación social en la acción gubernativa por medio del sufragio; en el preciso diseño y aprobación de las políticas públicas; y, en el puntual control que debe ejercer sobre la actuación del Estado.
En síntesis, no debemos centrarnos en exigir que las autoridades públicas nos informen lo que ya hicieron, sino en definir qué es lo que queremos que hagan, evitando que actúen por motu proprio.
En las campañas electorales, elegimos antes que a candidatos, a las plataformas electorales que representan. Una vez en el gobierno, esas plataformas seleccionadas por los ciudadanos, se convierten en los llamados planes de desarrollo y programas sectoriales. Eso es lo que debemos regular: que las autoridades hagan lo que nosotros elegimos, de la manera en que ellos se comprometieron y aplicando los recursos que les autorizamos.
De qué nos sirve, por ejemplo, que se transparente cuánto se ejerció en la partida 2600, si no sabemos si ese combustible fue utilizado exclusivamente para cumplir una meta programática, o para transportar al colegio a los hijos de algún funcionario.
No. La transparencia no es la democracia. La transparencia per se, no genera confianza. La transparencia, no construye un gobierno abierto.
La piedra angular de la democracia se llama soberanía popular, que se traduce en que la sociedad determina lo que debe hacer la autoridad, y vigila que lo haga con eficacia.
Ya no estamos en los tiempos de los espejitos; ni de tapar el sol con un dedo; ni de esconder la cabeza, pensando que así se oculta el resto del cuerpo; ni de esperar que de la chistera gubernamental, salga mágicamente un conejo solucionador.
Como sociedad activa, tenemos derecho a decidir, y no a conformarnos con la concesión y gracia de ser informados.

¿Mundo de juguete?

Cierro los ojos, respiro profundo, relajo el alma.

Con un dejo de añoranza, revivo y relaciono la infancia que vivió mi generación con una palabra: inocencia. Esa inocencia representada en los caireles de Cristina, la niña ícono de Mundo de Juguete, versión libre de la telenovela argentina Papá Corazón.

Mi infancia la viví en la inocencia. Jugando canicas. Perdiendo mis agüitas y canicones con los amos del juego, José Luis “El Oso”, y Luis Arturo “Frescura”. Revisando y memorizando tarjetas que contenían datos técnicos de autos y aviones, con mi querido amigo y ahora compadre, Tito. Corriendo por el patio de mi colegio, simulando que era un poderoso coche de carreras, con mi entrañable Mario, primer gran amigo de mi vida. Jugando al béisbol cuando había Serie Mundial, con mis vecinos de colonia Sergio, Juan, José y compañía. Pateando un balón en épocas de finales de torneo o de copa mundial, con Pepe, Toño (no los del anuncio), Klaus, El Pelos y El Jamón. Pescando ajolotes, en un pequeño estanque que ahora es un gran Centro Comercial, con Luis, Poncho y otro Pepe. Viendo todas las noches a Topo Gigio; escuchando mi disco favorito, El Libro de la Selva; leyendo la infaltable colección El Tesoro de la Juventud.

Si entendemos a la inocencia como candor, sencillez, estado del alma limpia de culpa, viví mi infancia con inocencia, y todo el mérito lo tienen mis padres.

Ahora como padre, me pregunto en qué mundo les toca vivir a mis hijas su infancia. Según datos del CONAPO y UNICEF, a mediados del 2014, los niños menores de 15 años representaban el 28% de la población total de México. Es decir, en nuestro país hay más de 33 millones 524 mil 563. De ellos, el 61.6% no cuenta con acceso a la atención médica; el 14.8% no asiste a la escuela; tres millones 35 mil, trabajan; 62% ha sufrido maltrato en algún momento de su vida, 10.1% de los estudiantes han padecido algún tipo de agresión física en la escuela, 5.5% ha sido víctima de violencia sexual y un 16.6% de violencia emocional. En los últimos 25 años, han muerto asesinados diariamente dos niños menores de 14 años.

Hace unas horas, la organización A Favor de lo Mejor (AFM) dio a conocer un estudio que muestra que los niños mexicanos son los que más televisión ven en el mundo, con un promedio de 4 horas y media al día, y que los contenidos que prefieren son telenovelas y películas no infantiles. 81% de ellos, la ven sin la supervisión de un adulto.

En cuanto a alimentación, la prevalencia combinada de sobrepeso y obesidad afecta a más de 4.1 millones de escolares, que además son muy propensos a seguir siendo obesos en la edad adulta y tienen más probabilidades de padecer enfermedades no transmisibles como la diabetes y las enfermedades cardiovasculares.

Según datos de la revista electrónica Razón y Palabra, el 63.1% de la población infantil urbana tiene computadora en su casa; en el caso del ámbito rural la cifra desciende al 37%. El 55% de los menores del ámbito rural y el 72% del ámbito urbano recorren la internet de forma habitual. El 30% sin supervisión alguna.

67.3% de los niños de zonas urbanas y el 65% de los de zonas rurales, utilizan teléfono celular, básicamente como elemento lúdico. 75% de los residentes en zonas urbanas y el 66% de los que residen en zonas rurales son aficionados a los videojuegos.

Abro los ojos abruptamente. Respiro exaltado. Sudo frío.

Comparo mi infancia, de la que se responsabilizaron mis padres, con la infancia de mis hijas, de la que yo soy responsable.

El balance no es alentador. Mi generación que debe agradecer lo que vivió como niños, no ha reflejado esa gratitud en beneficio de la generación de sus hijos. Es nuestra obligación ineludible, impostergable e intransmisible.

La inocencia es un derecho de todos los niños, y una obligación de todos los padres. Habrá que recordar la letra del tema de Mundo de Juguete: “A buscar, y lograr, un bello lugar donde brille siempre el sol. Mundo de juguete ese es el lugar, mundo de juguete ¿Dónde puede estar? Mundo de juguete vamos a encontrar, mundo de juguete sólo hay que soñar.”

Padres, es nuestro turno de jugar a ser responsables y de soñar con un lugar lleno de sol para nuestros hijos.

Impunes campeones

Esta semana la iniciamos con la presentación de los resultados de La Primera Edición del Índice Global de Impunidad, que ubica a México como segundo lugar mundial en el rubro. Otro motivo para el escándalo, compatriotas.
El Índice de Impunidad Global (IGI) es el primer trabajo académico internacional que mide este fenómeno multidimensional, y fue realizado por estudiantes e investigadores del Departamento de Relaciones Internacionales y Ciencia Política de la Universidad de las Américas Puebla, con la intención de proveer de herramientas y datos que ayuden e impulsen mejores prácticas en los ámbitos de justicia y seguridad.

Entre otros, los resultados publicados por la UDLAP, son los siguientes:
• Los cinco países con los índices más altos de impunidad son: Filipinas, México, Turquía, Colombia y Federación de Rusia.

• México ocupa el lugar 58 de 193 Estados miembros de las Naciones Unidas en materia de impunidad.

• México tiene dos dimensiones prioritarias que debe atender: la funcionalidad de su sistema de seguridad y la estructura de su sistema de justicia.

• El índice estima una proporción promedio de 17 jueces por cada 100 mil habitantes, México cuenta con solo 4 jueces por cada 100 mil habitantes.

• México tiene la necesidad de tener más jueces dentro del sistema de justicia.

• En México no se necesita invertir más recursos para aumentar el número de policías, sino en los procesos que garanticen la efectividad de sus acciones.

• Referente a la estructura de los sistemas de seguridad, el índice retrata los esfuerzos gubernamentales de crecimiento del cuerpo policiaco en México, 355 policías por cada 100 mil habitantes. Cifra que se encuentra muy pegado al promedio de la proporción de policías que es de 332 por cada 100 mil habitantes.

• La funcionalidad del sistema de justicia mexicano, muestra una deficiencia al tener casi la mitad de su población detenida sin sentencia (46%).

La Real Academia Española define a la impunidad como la falta de castigo. Desde el punto de vista jurídico, la Corte Interamericana de Derechos Humanos se ha pronunciado sobre los mecanismos que adoptan los Estados para generar impunidad, en contravención a la obligación de investigar, procesar y sancionar violaciones a los derechos humanos y el respeto al derecho a la verdad, y ha señalado que el combate a la impunidad es una obligación erga omnes que alcanza a todos los estados. (Dondé M, www.juridicas.unam.mx)

El estudio, nos obliga entonces a evaluar los acontecimientos que vivimos actualmente en nuestro país, a la luz precisamente de esta impunidad, y no necesariamente o exclusivamente a partir de la corrupción, falta de transparencia, policías y ladrones o deficiencias en los sistemas normativos. Y es que cada vez que la opinión publicada discute temas como el uso de recursos públicos en beneficio de particulares (aviones, helicópteros); la presencia gubernamental en procesos electorales; las casas privadas construidas con favores públicos; la desaparición de estudiantes; el crimen organizado, el recurso favorito de la clase política es ofrecer más reglas, más leyes, más sanciones, más verbos y más adjetivos.

Pero difícilmente recurrimos al análisis estructural de los problemas, como lo hace en esta ocasión la UDLAP, para generar propuestas que con datos duros, se enfoquen a resolver las causas, y no se limiten a estancarse en la discusión estéril de las formas.

Poco sirve que un delincuente en potencia (armado o de cuello blanco) sepa que tendrá una sanción enorme por el delito que cometa, si sobre de eso sabe que 3 de cada 4 delitos no son denunciados (INEGI; delincuencia). Esto es, que tiene 75 por ciento de probabilidades de no ser denunciado. Pocos negocios lícitos tienen una probabilidad tan alta de ser exitosos.

Por ello, la impunidad, es la sombrilla bajo la cual se cubren todos los delitos. Desde la corrupción, hasta la delincuencia organizada, pasando por las desapariciones forzadas, la riqueza inexplicable, el abuso de autoridad, el peculado y el desvío de recursos públicos.

México no puede seguir siendo campeón en el índice de impunidad. La lucha contra ella es un asunto en el que todos nos debemos involucrar, y la UDLAP ha dado un primer gran paso. Enhorabuena.

www.comouno.tv
cpalafox@comouno.tv

¡Abre la maldita puerta!

En los últimos días,  hemos escuchado insistentemente el nombre de Andreas Lubitz. Junto con las autoridades alemanas hemos revisado su historial médico, la casa de sus padres, su departamento, la relación con su ex novia, su computadora y hasta las últimas palabras que le dirigieron en vida: “¡Abre la maldita puerta!”.

Hemos buscado explicaciones razonables, entrevistado a sus vecinos y apuradamente propuesto reglamentos para que nunca se quede un cabina de avión con un solo tripulante. Lo que no hemos hecho es enfrentar un profundo miedo que ha tenido la humanidad, desde sus orígenes: las enfermedades mentales.

Las hemos trivializado, evadido, satanizado, estigmatizado y lo peor, ocultado. No hemos querido reconocer que una de cada cuatro personas en México ha presentado al menos un trastorno mental y una de cada tres personas habrá tenido una enfermedad mental al momento de cumplir 65 años, según el estudio Trastornos psiquiátricos en México: prevalencia a lo largo de la vida en una muestra representativa nacionalmente, coordinado por la Dra. María Elena Medina Mora.

El estudio refleja además, que 12% de las personas consultadas presentaron dos o más trastornos mentales alguna vez en su vida y el 5% había presentado tres o más trastornos. Destaca que uno de cada tres mexicanos experimentará un trastorno psiquiátrico a lo largo de su vida. En un restaurante con 100 comensales, encontraremos a 33 que tienen algún trastorno. En un salón con 20 alumnos, 7 tendrán alguna enfermedad mental. En una oficina con 10 empleados, 3 están sufriendo algún problema psiquiátrico.

Pero éste no es el principal problema. La cuestión es que a pesar de la gravedad de la situación, nos negamos a verla, y por supuesto, a atenderla. La Organización Mundial de la Salud ha presentado “Stigma: A Guidebook for Action”, para establecer una estrategia de lucha contra el estigma hacia las enfermedades mentales, que considera el tipo de acciones, el ámbito territorial, el público objetivo, los modelos y los mensajes. Un grupo de trabajo de la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, compuesto por el Dr. Manuel Muñoz, la Dra. Eloísa Pérez-Santos, la Dra. María Crespo, y Ana Isabel Guillén investigaron el ESTIGMA SOCIAL Y ENFERMEDAD MENTAL: Análisis de las Actitudes de Rechazo Social y Estigmatización que sufren las personas con enfermedad mental grave y crónica. Esta investigación analiza las actitudes existentes en la población general hacia las personas que padecen algún tipo de enfermedad mental grave y crónica.  Algunas de sus conclusiones fueron:

 Existe cierta confusión de la enfermedad mental con el Retraso Mental (el 56% de la población general creen que el retraso mental es una enfermedad mental crónica).

 Los datos cuantitativos muestran que el estereotipo de peligrosidad es el más frecuente en población general, siendo menor y muy escaso entre profesionales.

 El nivel de estigma se asocia con la edad (a mayor edad mayor estigma), y el nivel de conocimiento (a mayor nivel de conocimiento menor estigma).

 El estigma sobre la psicosis es menor que el existente respecto a otras condiciones de salud, como la adicción a la cocaína o el SIDA, pero mayor que el de otras enfermedades mentales como la depresión y muy similar al que se asocia al retraso mental.

 Las reacciones más frecuentes ante las personas con enfermedad mental son miedo y sobre todo, compasión. Estas reacciones se traducen en comportamientos de sobreprotección (en los familiares) y rechazo, evitación y actitudes de segregación (entre la población general).

 El análisis cualitativo mostró que las personas con enfermedad mental crónica tienen numerosas experiencias de rechazo y discriminación, especialmente en el ámbito laboral, los amigos y la familia extensa: el 44% informa haber tenido experiencias de discriminación en el área laboral, el 43% en las relaciones con los amigos y el 32%, con los
vecinos. El 37% ha tenido experiencias de discriminación dentro de su propia familia.

 Las personas con enfermedad mental crónica viven con gran intensidad el rechazo social que, según ellos, les lleva a incrementar el aislamiento y la desesperanza. Aunque, de acuerdo al estudio cualitativo, quizá la estrategia más frecuentemente empleada por las personas con enfermedad mental crónica y sus familiares sea el ocultamiento de la enfermedad mental.

 En el estudio de medios realizado se halló que los medios de comunicación tratan muy poco este tema, prácticamente no hay noticias sobre la enfermedad mental crónica y cuando las hay se asocian a sucesos negativos. Sin embargo, existe un abuso de términos relacionados con las enfermedades mentales graves y crónicas (derivados de la palabra loco y otros más peyorativos) aplicados a situaciones y objetos (sobre todo en noticias de cultura, deportes o políticas) o personas (también unido a actos violentos o delictivos). Los datos indican que, aunque la información no suele ser imprecisa o errónea, sin embargo, mantiene un tono general negativo, especialmente en aquellas noticias que hacen referencia a personas.

¡Vaya situación! Sufrimos un grave problema social, al que no nos atrevemos siquiera a nombrar.

Hace mucho que es tiempo de unirnos como sociedad, como una verdadera comunidad, para atender el tema de las enfermedades mentales. Para conocerlas, reconocerlas, comprenderlas, sumirlas y atenderlas. Todos estamos expuestos a ellas, y no hay ningún sector inmune.

Así que cuando escuchemos el nombre de Andreas Lubitz, aprovechemos el trágico suceso para abrir la maldita puerta de la ignorancia y hacernos presentes, con responsabilidad y solidaridad, al lado de quienes requieren una red de apoyo, de investigación, de atención y de comprensión.

Ricardo del Moral, el costo de un aventón*

Don Ricardo del Moral, revolucionario de buena sepa, ha sido siempre un hombre con los pies bien firmes en la tierra. Fue Ministro de la República, Senador, Gobernador, extraordinario médico y un destacado militar, ahora en el retiro. Padre para sus hijos, hermanos, sobrinos, y demás familiares. Hermano de sus dos entrañables amigos: uno, con una larga trayectoria política que lo llevó a ser cabeza de generaciones de poderosos empresarios; otro, un fuerte ganadero del sur del país. Los tres, visionarios. Los tres, comprometidos.

Conoce perfectamente las avenidas más importantes del poder. Las ha recorrido de ida y vuelta, en varias ocasiones. Ahí aprendió a hacer política en toda la extensión de la palabra. Una política basada en el respeto a las instituciones, pero centrada en la atención a los gobernados. No con demagogia, sino con verdadero sentido social.

¿Será eso realmente posible? Lo es. Lo viví durante muchos años. Ya en el retiro, por donde caminara, se formaban filas de personas para platicarle. Para consultarlo como médico. Para pedir su intervención ante autoridades. Para agradecerle los apoyos de muchos años atrás. Para presentarle a sus familias.

Todavía viven quienes lo recuerdan pagando, con su propio dinero, la nómina de los profesores, ante el retraso de las correspondientes participaciones. O en aquellas largas pláticas con su querido amigo, el entonces Presidente de la República. O agendando operaciones gratuitas a media noche, cuando terminaba su turno como gobernante.

Su plática no solo está llena de sabiduría, sino también de refranes, dichos populares, canciones, color y calidez.
En algún momento, en plena sucesión, un simple “aventón” a un vecino que era compañero de gabinete y fuerte aspirante a la presidencia, le generó el odio –así de fuerte-, del Ministro del Interior, Nicolás Chávez, quien, malditas circunstancias, resultaría electo Presidente de la República.

En la plenitud del poder, Chávez ordenó a su testaferro, director de uno de los medios de comunicación con más presencia en la nación, que “destrozara” a Del Moral. Que llenara las páginas de los periódicos con la hiel de una venganza jurada. Eso, se combinó con la determinación de Del Moral de no gobernar para dar gusto a los periodistas, sino para atender a los ciudadanos. Fue la fusión de gasolina y fuego.

Un responsable Don Ricardo, convencido del bien mayor -el respeto a las instituciones- hizo a un lado el bien menor –su futuro político- y presentó su renuncia. Del Moral dejó el cargo, a pesar del respaldo social. Chávez permaneció en él, en contra del apoyo popular. Cosas de una democracia muy peculiar, que se ejerce a modo y voluntad de los menos.

Lecciones para ser recordadas por las sucesivas generaciones. Pero eso, eso, es otra historia de política ficción por contar.

(*fragmento de una novela política en proceso)

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