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Cepa 1940

En mi línea de vida, mil novecientos cuarenta está resaltado con rojo y amarillo, tal como me enseñaron en el colegio.
El 1 de julio de mil novecientos cuarenta, en la calle de Tacubaya de la colonia Roma, en la Ciudad de México, se fundó con cinco alumnos y cinco maestros estadounidenses, el México City College, hoy Universidad de las Américas Puebla.
Unos meses después, el 27 de septiembre de mil novecientos cuarenta, nació en la Ciudad de Puebla, mi padre, mentor y guía.
Mi padre y mi universidad, son dos de mis piedras angulares. Este año celebro con ambos sus primeros 75 años de vida con admiración, gratitud y fanfarrias.
En agosto de 1984 entré por primera vez al campus de la Universidad. Recuerdo las enormes filas alrededor de la biblioteca para seleccionar materias, horarios y profesores. Aún puedo percibir la emoción y esperanza de ese primer día. Los salones de clase, el auditorio, la hacienda, el tercer piso de la biblioteca, la fuente, el lago, y claro, el 7.5 y la playita son lugares en los que conocí y conviví con personas que mucho sembraron en mi vida.
Con Tomás Sibaja, Olga López y Alejandro Manjarrez formamos la planilla “Movimiento” y aprendimos la política estudiantil. La revista Ensayos fue un primer foro de expresión y crítica. Conocí a estudiantes aguerridos como Benito Ánimas y Tony Gali. Tuve espléndidos profesores como Harold Kirkpatrick, Marco Almazán, Jesús Velazco, Román López, Edward Simmen, Jorge Calles, Fernando García Rosas, Blanca Alcalá, Moisés Romero Beristain, Marcela Corro, Alejandro Romero, Robert Shadow, Silvia Santillán de Lemini y muchos más. Algunos eran progresistas, otros conservadores, pero de todos ellos aprendí no solamente lo que decían los syllabus, sino la esencia de seres humanos generosos y visionarios.
En la UDLAP aprendí que no hay formas únicas de pensamiento. Que todos, en la pluralidad y el respeto, podemos construir sobre nuestras semejanzas, a pesar de nuestras diferencias. Aprendí que el debate no es un instrumento de polarización, sino de unión y fortalecimiento. Que en un mismo lugar podemos convivir diferentes culturas, religiones, ideologías, filosofías, sin necesidad de buscar la predominancia, sino el crecimiento compartido.
Tanto ha significado la UDLAP para mí, que de mil y un maneras he buscado permanecer en ella. “A veces me siento el Peter Pan de la Uni”, le decía ayer a una amiga. Ahora, tengo la fortuna de ser profesor de tiempo parcial y sigo disfrutando cada día en el campus, como el primero. Aprendo y aprehendo de mis alumnos. Sus inquietudes, sueños, preocupaciones, causas, esperanzas, ideales.
En la UDLAP compartí pupitre con mi esposa. Hoy comparto espacios con mi hija. Un sueño hecho realidad.
En la UDLAP conocí a un ser humano extraordinario, inteligente, íntegro, crítico y brillantemente irónico: Luis Ernesto Derbez. Una sucesión de efectos mariposa –como él dice- lo ubicó en el lugar exacto, en el momento necesario. Cuando se requería recuperar el rumbo, rescatar el prestigio y construir el futuro. Con él y su equipo (Mónica, MariCarmen, Cecilia, Mario, Ana María…), la UDLAP llega majestuosamente a estos primeros 27 mil 376 días.
No cabe duda. La magnífica cepa de mil novecientos cuarenta es histórica. ¡Larga vida!

Julio 8, 2015 - 11:51 am
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Por: Carlos Palafox

Columnistas