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Complementariedad

Hace 50 años, Carlos y Rosario iniciaron una familia de la que me siento profundamente orgulloso. El 23 de septiembre se casaron en Puebla, ciudad del novio, por lo civil. El 25 en Acapulco, ciudad de la novia, por la Iglesia.

La misa estaba programada para las 8 de la noche, en la catedral de ese puerto. Unos minutos antes, la angustiada novia suplicaba a su padre que salieran ya rumbo al templo. La respuesta reiterada del papá era: “nuestra ferretería se cierra a las 8. A esa hora bajamos la cortina y nos vamos a tu boda”. Su disciplina en el trabajo, no hacía excepciones.

Por otra parte, la puntualidad de la familia del novio, los tenía agobiados al pie del altar, esperando a la novia. Cada familia fiel a su estilo.

El sacerdote decidió iniciar la celebración, sin la presencia de la novia, quien se incorporó a la misa un buen rato después.

Desde ese momento, el nuevo matrimonio aprendió a crecer como pareja a pesar de las grandes diferencias que existían entre ellos.

Encontraron en el amor y en el respeto dos piedras angulares sobre las que construyeron, sin perder ninguno de ellos su individualidad.

Cada uno desarrolló sus sueños como personas y además cumplieron los compartidos como pareja. Se desarrollaron como extraordinarios seres humanos y excelentes profesionistas. Pero también dejaron huella juntos en cientos de personas a las que ayudaron de muy diferentes maneras.

Aún reciben muestras de afecto de quien en la calle les agradece por la casa del Infonavit con la que lo apoyaron; o por la ayuda en la rehabilitación de un hijo con capacidades diferentes; o con la gestión de un necesario camino en la Sierra Norte de mi Puebla; o con la orientación jurídica en un momento crítico de alguna familia.

Carlos y Rosario, dos personas completamente diferentes no se dejaron vencer por la fácil tentación de querer cambiar al otro para convertirlo en un ser espejo. Decidieron seguir siendo ellos mismos, respetando su individualidad, y utilizaron esas diferencias como una oportunidad para complementarse.

El estudioso se complementó con la publirrelacionista. La activa con el analítico. El entregado con la compasiva. La entusiasta con el disciplinado. La risueña con el serio. El objetivo con la sentimental.

Formaron una familia con tres hijos que heredaron esas diferencias, pero que crecieron aprendiendo que se debe sumar para multiplicar, crecer en equipo.

Tres hijos que recibieron lo mejor de sus padres. Entereza y entrega ante las muchas adversidades que vivió la familia. Cariño, apapachos, besos y abrazos en las tristezas. Porras, aplausos y motivación en los triunfos. Regaños, paciencia y comprensión en los caminos desviados. Prudencia y respeto ante las decisiones poco acertadas. Presencia, apoyo, compasión y amor en todo momento.

Rosario, Luis Enrique y Carlos han sido extraordinariamente afortunados como hijos de ese matrimonio. Como testigos de que los tropiezos en una relación sirven para reafirmar el paso, cuando el egoísmo cede ante el amor.

50 años de matrimonio no son fruto de la casualidad. Son obra de muchos errores, de muchos problemas, de muchas adversidades, pero especialmente de un gran respeto en el amor. Son, principalmente, una bendición de un Gran Dios, misericordioso, amoroso, grandioso.

¡Felices 50 años de matrimonio, Carlos y Rosario! ¡Feliz cumpleaños número 75, querido y admirado Carlos!

Gracia por ser mi ejemplo, mi guía, mi consuelo, mi apoyo y mi impulso. Los amo, papás. ¡Larga vida!

Septiembre 30, 2015 - 9:52 am
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Por: Carlos Palafox

Columnistas