¡Escúchanos por internet!

Cuatro horas con Carlos Luna: Los privilegios de la vista y del amor (Parte 4)
21

Por: Mario Alberto Mejía / @QuintaMam

El pintor Carlos Luna deja La Habana y llega a la ciudad de México. Tiene una estancia en Monterrey. Pinta como loco. Como enajenado. Descubre a Tamayo. O lo redescubre. Todo esto en la casa de un coleccionista millonario. Regresa a la ciudad de México. Se hospeda en un hotel de Polanco. Se va a vivir al Museo Tamayo. Ve sus cuadros todo el tiempo. Se acerca a ellos como la primera vez: con un temblor ignoto. Se aleja de ellos. Los mira de soslayo. El artista cautivado por el artista. El privilegio de mirar se transforma en el privilegio de sentir. Está dopado gracias a la pintura. Pinta otra vez de manera obsesiva. De repente, cruzado por una lanza de fuego, se enamora. Se pierde. Decide quedarse a vivir en México.

—Te voy a decir un nombre: Wilfredo Lam.
—Hizo algo que me hubiera gustado hacer. Es un antecedente importante. Wilfredo abrió puertas de una visión de lo que es la identidad del arte cubano, que es vital para mi trabajo. Pero es sólo una visión del arte cubano. Muy completa, pero sólo una visión.

—Aunque fue un artista domesticado por el régimen.
—Creo que Wilfredo, por su origen tan humilde, como mucha gente brillante, se vio empatado con la idea de un proyecto social que parecía interesante. Nada más que el proyecto social solamente fue una fachada.

En sus últimos años, Wilfredo regresó más aplacado a Cuba, su país, por problemas de salud. Pero después del Salón de Mayo de París que llevó a La Habana, se apartó, guardó distancia. Hizo lo mismo en París porque había una izquierda influyente, fuerte, que veía con buenos ojos a Fidel. Hoy, mucha de esa izquierda ya no apoya a Fidel. Esa izquierda confronta a la Unión Europea con la situación del régimen por la cantidad de escritores, la cantidad de periodistas, que están presos.

—¿Vienes de esa vena surrealista de Lam?
—El surrealismo en el arte es un movimiento. En el Caribe y en América Latina, una cotidianidad.

—Lo que vivimos también en México.
—Sí. Cierto. Hay surrealismo en México, pero también hay dadaísmo. Lo que se te antoje, afortunadamente. Estudias los movimientos y los sucesos, pero prefiero ir a la fuente original. El surrealismo tiene una función de ser y un momento histórico dado que crea un movimiento en Europa bajo condiciones particulares, pero cuando ese momento –esa teoría, esa necesidad– la transportas a América Latina, es una realidad.

—Aunque para muchos, y pienso en Octavio Paz, es una necesidad de ser moderno.
—Pues sí, pero también tienes que inventarte. Aprendí un dicho en México que dice: “El que tiene más saliva traga más pinole”. O “Por más que te la jales no te crece” (Risas).

Aunque tú la definas como “x” o “y”, la obra debe permanecer por sí misma y no por todo el merengue que le pones alrededor. Octavio Paz es para mí el más grande escritor latinoamericano.

—¿Más que Borges?
—De otra manera. Quizá tenga una mayor empatía con Paz por su debilidad por las artes visuales.

—Una diversificación brutal. Escribió de todo.
—De todo. Y lo escribió bien.

—Borges quedó constreñido al cuento, a la poesía, al ensayo. Tuvo un problema severo: no podía ver ni pintura ni escultura ni nada.
—Hay una anécdota que me gusta mucho. La cuenta su maestro Macedonio Fernández. Le dijo que no necesitaba leer todos los libros. Sólo los que necesitaba. Esa anécdota me sirvió para enfocarme en ver y leer enfocado en mis intereses.

No creo que Borges necesitara el Nobel. No creo en los premios. Los premios, creo, son las “pendejuelas” en la carrera de un creador. Son buenos porque te alimentan el ego en cierto momento. Caen con cierto beneplácito.

—¿Es en México donde descubres a Tamayo y a Juan Soriano?
—Ya conocía la obra de Tamayo desde Cuba. Me hubiera gustado conocerlo en persona. Sin embargo, tuve la oportunidad de saludar en una ocasión a Olga Tamayo por una entrevista para una revista sobre artistas latinoamericano. Fui a recoger al periodista a la casa de los Tamayo. En el caso de Juan vine a conocer su obra en Cuba y a él como persona lo conocí en México.

—Háblame de Olga Tamayo
—La traté sólo unos quince minutos. Me ofreció agua de Jamaica (Risas). “¿Quiere algo de beber?”, me dijo. “Pues un tequila o un mezcal”, le dije “No, para ti agua de Jamaica”, me dijo (Risas). Hija de su madre. Era muy dura. Pero me cayó en gracia lo que hizo. Además, yo estaba viendo los cuadros de su casa.

—¿Qué sensación te embargó cuando viste las obras de Tamayo?
—Pude ver la obra de Tamayo en original. Como las obras de los grandes maestros, no es algo que tengas que ver en reproducciones. Tienes que verlo en “vivo”. In situ. Porque hay una química. Hay una espiritualidad en la alquimia de lo que hacía, que va más allá de una reproducción. México me da la posibilidad de ver muchos Tamayos para entender cosas del proceso expresivo de Tamayo que no puedes reproducir en libros.

Mi primer Tamayo lo vi en ocasión de una bienal en La Habana. Llevaron una exposición a la Casa de las Américas de los grandes maestros latinoamericanos. En la muestra había varios grabados y un óleo de Tamayo.

—¿Y te impactó?
—Me impactó mucho porque era la cara de un personaje como infantil, riéndose. Y no era muy colorido. Era ligeramente monocromático. Con puntitos rojos y azules. Pero la expresión del tipo era tan poderosa que parecía que estaba llena de colores. Era algo muy raro. Era un cuadro pequeño que no llegó al final de la exhibición y tuvieron que enviarlo de vuelta a México. No sé si esta pieza era de algún político al que le gustaba Cuba y lo prestó.

1212
*Corazón. En México el pintor conoce a Claudia, el amor de su vida.

Cuando salí de La Habana, válgame Dios

—¿Cómo sales de Cuba?
—Yo salgo de Cuba a través de un político mexicano. Un gran político de Mexico. Un político mexicano que me ayudó mucho.

—¿De quién hablas?
—De Mario Moya Palencia. Fueron muy importantes los consejos de Mario. Aterricé en México, rumbo a Monterrey, y en el aeropuerto del DF tuvimos una conversación que para mí fue importante.

—Eso fue en tiempos de Carlos Salinas, ¿no?
—Acababa de entrar Carlos Salinas cuando Moya Palencia llegó a Cuba como embajador. Acababan de meter a la cárcel a La Quina y a Mario le dieron instrucciones de poner orden en la embajada. Fue muy sensata su llegada.

—Claro. La Quina tenía una gran relación con Fidel Castro.
—Probablemente. Y Mario era de la vieja diplomacia mexicana, que era muy efectiva. Creo que eso se ha ido perdiendo. Eran las maneras, los buenos modos. Mario era un hombre muy hábil.

—Y culto. Muy culto.
—Tenía una presencia muy dinámica. La última vez que hablé con él era el embajador de México en el Vaticano. Después falleció. En una cena que me ofrecieron en Monterrey, luego de un viaje muy largo y muy cansado, y después de los consejos de Mario en el aeropuerto de la ciudad de México, empecé a dar una vuelta por la casa del anfitrión y que me encuentro con un cuadro de Tamayo. ¡Fabuloso! Sólo dije: “¡Joder!”.

—¿Cuál era?
—Era un cuadro de un personaje con una guitarra y una figurita abajo, asomada. Y tenían otro de una mujer desnuda: los reflejos de la mujer en la ventana y un mirón asomado mirando a la mona. Tenían otro de un tipo agarrado de una manta, con frutas, y el verde esmeralda de las playas del Caribe. Muy bello el cuadro. Todo eso estaba en la casa de un regiomontano.

Al otro día regresé. Me dejaron regresar de día. Estaba aturdido. Le dije al galerista: “necesito ir a la ciudad de México al museo a ver todo lo que haya de Tamayo”. “Bueno, tienes que trabajar, para eso te contraté”, me dijo. “Si no me llevas no pinto”, respondí. Me subieron al avión a la semana de llegar y estuve en el DF un fin de semana. No salí del museo Tamayo ni del de Antropología. Me hospedaron en el hotel Polanco. Me iba caminando al Museo Tamayo. Veía, salía, comía, regresaba y luego me iba al de Antropología. De ahí en adelante no volví a pintar igual. El trabajo se volvió otro.

—¿A Juan Soriano cómo lo conoces? Seguramente viste su obra primero.
—En Cuba recibíamos fácilmente información del arte mexicano.

—Pero no era muy popular.
—El periodo de Soriano de los retratos de Dolores del Río –algunos de los cuadros de esa serie que termina casi en una abstracción– llegaba mucho a La Habana, ya sea en reproducciones o en originales. Había un fluir muy fuerte de arte mexicano y, en términos generales, de maestros del arte latinoamericano. En particular: Tamayo, Frida, los muralistas, Diego, Siqueiros, Orozco… Parte de esa generación y parte de la “ruptura”: Cuevas, Toledo… Estaban en esa veneración de una posibilidad nueva. Leonora Carrington, Remedios Varo… Iba a exhibiciones constantemente. El flujo era fuerte.

Conocí a Juan Soriano cuando vivía en México. Después de Monterrey, me voy a la Ciudad de México. Estando en Monterrey pinté 20 o 30 cuadros en unos ocho meses. Pintaba como loco. No hacía otra cosa. El clima estaba siempre parejo. Estaba de la chingada. O mucho frío o mucho calor. Me tocó el invierno –a mí el frío me deprime horrible–, y un día dije: “me voy, me voy al DF”. Primero al hotel Polanco –que ya conocía– y al mes rento un departamento en la colonia Roma, al lado de Casimires Bedolla, el bar de Pepe Arévalo y un Bital. Frente el famoso Mamá Rumba (Risas). Cerca de un lote baldío y el motel de las prostitutas de esa área de Insurgentes.

—Tenías grandes opciones…
—(Risas) Tenía grandes motivaciones. Era el eje vial Monterrey y Medellín, y yo en la calle de Querétaro. El edificio Canadá, que se había incendiado, me quedaba a un costado. ¡Era un desmadre! (Risas). En seis meses inicié tres cuadros y no terminé ninguno. Me la pasaba en puras fiestas, borracheras, parrandas, bares. En jodederas. Andaba perdido. Y en ese inter conocí a Claudia, mi esposa. Viene un dealer de Colombia a ofrecerme un contrato a través de un coleccionista de Panamá. “Pues me voy a Colombia”, dije. Conozco a Claudia, y digo: “Pues me espero un poquito”. Yo siempre digo: “No me fui de México porque me enamoré”. La verdad es que me enamoré de Claudia. Todavía el dealer de Colombia me dijo: “Estás loco. Te íbamos a pagar un platal (dineral). Tú no sabes las mujeres que vas a encontrar aquí”. “Me voy a casar”, le dije. “Eres un pendejo”, me respondió.

—O sea, quería que te fueras a conocer mujeres a Colombia…
—No, me hizo un contrato para ir a pintar a Colombia, ya tenía el contrato firmado. Pero le dije: Me enamoré de una mexicana. Me contestó: “Estás loco, estás muy chavo, ¿cómo te vas a casar? Olvídalo. Aquí vas a joder, aquí vas a subir, vas a bajar, hay muchas chicas lindas; olvídalo, no te cases”.

Total que no me fui y me casé. El dealer no apareció. No cobré el dinero. Al poco apareció en la prensa que era uno de los hombres que le vendía obra a Pablo Escobar.

—¿Pablo Emilio Escobar Gaviria compraba pintura?
—Al parecer tenía una gran colección de arte. Y, en general, todos ellos.

—¿A los narcos les gusta el arte?
—Sienten una fascinación medio extraña por el arte.

—Finalmente es un tema de inversión.
—De inversión, de limpiar plata. De estatus. Es parte de lo que hacen los narcos.

—¿Sabías que el primer ensayo pictórico de Octavio Paz es sobre Juan Soriano?
—Sí. Lo conozco.

—En la revista Taller.
—También hay un libro de poemas de Octavio Paz que se hizo con una carpeta de Juan que presentan en el Museo de Arte Moderno, al cual asistí por invitación de Juan. Juan Soriano era un tipo con unas puntadas muy particulares. Era muy ingenioso. Me contó una vez que él creía que había leído mucho hasta que conoció a Paz y se dio cuenta que no había leído nada y que se sentía ignorante. Luego Octavio aclaraba: “Juan siempre dice eso. Lo que pasa es que siempre ha querido escribir. La verdad es que no necesitaba escribir. Escribía con los colores”. Así viví un momento de elogios mutuos. Nadie me lo contó.

En resumen: Juan era un tipo muy culto, un pintor muy fino. En mi opinión: realmente no muy valorado. Creo que debe haber una revaloración de su obra. Depende de la gente que tiene su acervo.

Fuente: 24 Horas Puebla

junio 21, 2016 - 1:05 pm
Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+Email this to someone

Por: Staff

Historias de vida, Noticias Destacadas