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“Fidel practicaba con unos riflecitos”

El campesino tiene las manos gastadas y el rostro quemado por el sol.

Martín, un anciano de 87 años, vive como el resto de los cubanos de provincias en su diminuta casa en Birán, en el oriente de la Isla. Si uno se lo cruza por la calle, nunca diría que forma parte de la familia más famosa de Cuba.

Pero, pese a su tranquila y humilde existencia, era el último lazo de Fidel Castro en su pueblo natal, su hermano pequeño nacido de una aventura de su padre con una empleada de hogar.

En una típica silla mecedora cubana, Martín Castro cuenta que su nacimiento fue fruto de la unión del terrateniente gallego Ángel Castro con Generosa Batista, en una relación extramatrimonial que tuvo lugar en los primeros años del segundo matrimonio del español, que llegó a la Isla sin nada y acabó construyendo una gran hacienda en este pequeño pueblo de la provincia de Holguín.

Fue durante ese casamiento con Lina Ruz, 28 años más joven que Ángel y madre de siete de sus hijos -entre ellos Fidel y Raúl-, que nació el único fruto de la relación con Batista.

A pesar de no compartir madre, Martín era compañero de juegos de los jóvenes revolucionarios, e incluso iba con ellos a la escuela que había en la finca propiedad de Ángel Castro, que todavía se mantiene en pie. Los tres pasaron la infancia correteando por la colonia que el “viejo” había levantado tras haberse quedado después de llegar cuando era soldado del Ejército español.

Pese a su avanzada edad, la mente fresca del campesino le permite recordar los tiempos junto a Fidel y Raúl, con quién se llevaba pocos años de edad.

Los paseos a caballo, las prácticas de tiro y los baños en el río poco indicaban el futuro del que iba a ser el líder histórico de la Revolución cubana.

Parece que por aquel entonces ya tenía buena puntería: “Fidel practicaba con unos riflecitos (…) Ya lo llevaba en su sino”, cuenta Martín.

Cree que fue la cercanía con los trabajadores y obreros de la finca del Comandante fallecido el 28 de noviembre lo que hizo que surgiera en él la conciencia social que posteriormente le impulsó a liderar la Revolución.

“Veía mucha miseria entre los trabajadores”, afirma. No sintió lo mismo con Raúl, el sucesor y actual líder del país, del cual destaca que tenía más éxito entre las mujeres que su hermano y que “le gustaba irse a sus peleas de gallos y echarse sus traguitos”.

El camino de Martín se separó del de los líderes comunistas cuando se quedó en Birán en lugar de ir a estudiar a Santiago de Cuba, como lo hicieron sus hermanos mayores. Ángel quería que Martín fuera a aprender con los jesuitas de Santiago, como sus otros hijos, pero en la negativa de la madre quizás estuvo la clave que marcó el destino de su vida.

“Mi mamá no quiso que fuera a la ciudad. Y yo feliz porque a mi me gustaba el campo”. A partir de aquel momento el contacto con los hermanos se limitó a los cálidos veranos en los que los futuros líderes de Cuba volvían a Birán de vacaciones.

Aun así, las relaciones continuaron siendo buenas. “Siempre me trataron como a un hermano”, recuerda Martín.

También tuvo la posibilidad de ir a luchar a la Sierra Maestra con el Ejército Rebelde, pero -otra vez- su pasión por el campo se interpuso entre él y sus hermanos.

“Me quedé aquí porque me gustaba el campo. Todavía me gusta”. Sus frijoles, naranjas y yucas también le retuvieron de aceptar una vida más holgada en La Habana, colaborando con Fidel y Raúl en el desarrollo del país tras la Revolución.

“Soy poco pedidor. Me siento muy orgulloso de lo que han hecho, pero soy poco pedidor”, afirma, feliz, en la pequeña casa que el Gobierno cubano le otorgó en 1975.

Cuando triunfó la Revolución en 1959, la relación fraternal se mantuvo pese a la apretada agenda del comandante, destaca Martín. Hablaba frecuentemente con él aunque, una vez al frente del país, redujo sensiblemente sus visitas al pueblo que le vio nacer.

“Hacía siete años que él no venía por acá porque estaba enfermo y no podía venir”, dice Martín sobre los últimos años del comandante. Recuerda que la última vez que vio con vida a Fidel fue hace un año en la capital cubana cuando fue a operarse de una hernia.

“Lo vi bien, estaba colorado”, exclama para expresar la sorpresa que le supuso la muerte de su hermano.

Mientras el mundo se pregunta qué será de Cuba a partir de ahora, Martín seguirá cultivando su amor a la tierra donde nació, ajeno a las preocupaciones políticas que prefirió evitar.

“No quería abandonar este lugar. Tengo mis amistades. Eso vale mucho”.

Fuente: Reforma / Santi Piñol

diciembre 11, 2016 - 9:01 pm
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Por: Staff

Historias de vida