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Inevitabilidad

El escritor y poeta uruguayo, Mario Benedetti, dijo que uno no siempre hace lo que quiere, pero tiene el derecho de no hacer lo que no quiere.
Con esa célebre frase, podemos comprender que la libertad y la seguridad son dos de los derechos naturales inherentes al ser humano, que sustentan la autonomía de la voluntad, entendida como la facultad que tiene toda persona para producir voluntariamente los efectos jurídicos que desee, mientras la ley los contemple, o al menos no los prohíba. Esto es, la aptitud de todo ser humano para actuar libremente dentro del marco establecido por el ordenamiento jurídico.
La filosofía jurídica nos permite evolucionar este concepto de autonomía de la voluntad, para introducirnos en temas que hasta hace poco permanecían en la oscuridad, con la esperanza de que por no pensarlos, no sucederían nunca. Me refiero al escaso desarrollo de la cultura de la previsión para temas como la enfermedad y la muerte.
En México, menos del 5% de la población ha dictado testamento. Cuando un Notario pregunta por qué no lo han hecho, una buena parte contesta que para “no tentar al destino, o para no llamar a la muerte”. Extrañamente, preferimos que nuestros herederos se sometan a largos y costosos juicios sucesorios intestamentarios, cuando la solución es simple y está en prevenir al dictar testamento. Elegimos evadir y no decidir sobre lo que queremos que suceda con nuestro patrimonio, cuando nosotros ya no estemos.
Quizá por la misma razón, los mexicanos no pensamos con detenimiento si deseamos o no someternos a tratamientos o procedimientos médicos que prolonguen de manera innecesaria la vida, cuando sea imposible mantenerla de manera natural. Preferimos que nuestros familiares incurran en deudas desproporcionadas tratando de mantenernos vivos, cuando científicamente ya no es posible.
Tal vez por ello, no decidimos, cuando tenemos la capacidad para hacerlo, quién queremos que nos ayude a tomar decisiones legales en caso de que por accidente o enfermedad quedemos impedidos para gobernar nuestra persona y bienes. Elegimos que nuestros seres queridos se vean en la necesidad de gastar en un tedioso juicio de interdicción.
Las leyes de voluntad anticipada y de tutela voluntaria buscan precisamente generar el marco jurídico necesario para que en México construyamos una cultura de la prevención ante lo inevitable: todos nos enfermamos y todos moriremos.
En Puebla, recientemente se han generado propuestas en dos de estos tres temas. En cuanto a los testamentos, se ha reducido a dos el número de testigos necesarios para otorgarlo. En lo que corresponde a elegir quién queremos que jurídicamente nos represente en caso de enfermedades incapacitantes, se ha presentado la iniciativa de reforma al Código Civil para contemplar la figura de la Tutela Voluntaria, de manera que una persona capaz pueda designar ante Notario Público a la persona o personas que se harán cargo de ella y de su patrimonio para el momento en que incida en el supuesto de incapacidad.
¿O, hay alguien que se crea inmune a un accidente vascular cerebral? ¿O a traumatismos craneoencefálicos, demencia senil, Alzheimer o Huntington?
Hobbes decía que” un hombre libre es aquel que, teniendo fuerza y talento para hacer una cosa, no encuentra trabas a su voluntad”. Seamos libres, y responsables en el ejercicio de nuestra voluntad. Dictemos testamento para designar quién queremos que reciba nuestro patrimonio; determinemos si queremos o no que se prolongue artificialmente nuestra vida; designemos a la persona que habrá de hacerse cargo de nosotros y de nuestros bienes, en caso de incapacidad jurídica.
Esto no es tentar al destino. No es llamar a la enfermedad o a la muerte. Es afrontar con madurez y previsión la esencia de la inevitabilidad.

Mayo 13, 2015 - 12:05 pm
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Por: Carlos Palafox

Columnistas