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Jóvenes, no dejen de ser

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El inicio de cada semestre en las aulas universitarias, es una experiencia que me fascina cada vez más. Compartir con treinta o cuarenta jóvenes su necesidad de conocimiento; sus ganas por cambiarlo todo; el interés por salirse de los caminos conocidos para trazar el propio, a pesar de la incertidumbre; el impulso por cuestionar irreverentemente, sin dar por hecho nada, son actitudes retadoras que me llaman a la reflexión.
¿En qué momento dejamos de ser esos rebeldes preguntones, decididos a cambiar un mundo que sentimos tremendamente injusto? ¿Por qué sustituimos al hambre de transformación con la gula de las zonas seguras y de confort? ¿Cuándo el miedo a perder algo triunfa sobre el impulso de arriesgar para crecer? ¿Por qué perdemos esa autoconfianza luminosa, para convertirnos en seres timoratos, grises, apagados, cansados?
Los “adultos” nos jactamos de enseñar a las siguientes generaciones. ¡Cuánta vanidad! Con un poco de humildad, nos daríamos cuenta de la gran oportunidad que tenemos de aprender de ellos; de ver a través de sus ojos oportunidades transformadoras, reformadoras; de abrevar su energía para no sucumbir ante el status quo.
Cuánta falta nos hace debatir sin temor; soñar sin límites; cambiar sin miedo; mantener nuestra esencia; preferir nuestros valores por encima de los intereses; reír con amplitud; llorar sin pena; abrazar con el corazón; vivir con intensidad.
Cada inicio de semestre, me recuerdo que los adultos no estamos para convertir a los jóvenes a nuestra imagen y semejanza, sino para ayudarlos a no dejar de ser ellos mismos, bajo ninguna circunstancia. A escuchar experiencias, opciones, alternativas. Para poner nuestra mano sobre su hombro. No para detenerlos. No para empujarlos. Sino para unirnos a ellos y transitar juntos, como iguales, en este mundo que como “adultos” hemos puesto de cabeza.
Cada etapa de la vida tiene una razón de ser. Los “adultos”, no somos mejores que los jóvenes. Tampoco somos mejores que los adultos mayores. Mucho menos somos superiores a los niños.
Qué tal si los adultos amamos incondicionalmente, como lo hacen los niños. Soñamos sin límites ni temores, como lo hacen los jóvenes. Agradecemos con reconocimiento y lealtad, como lo hacen los adultos mayores.
O mejor, qué tal si niños, jóvenes, adultos, adultos mayores zanjamos las brechas generacionales y nos ponemos a empoderar juntos a esta sociedad, antes de que se nos deshaga en las manos.

agosto 12, 2015 - 11:17 am
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Por: Carlos Palafox

Columnistas