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Lealtad

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Cada vez que como sociedad nos encontramos ante una serie de problemas complicados, mencionamos como una de las causas, nuestra carencia de valores. Palabra que nos suena llena de contenido, pero que en realidad es totalmente hueca, si no la complementamos con acciones concretas.

Uno de esos valores es la lealtad, como la virtud de cumplir con un compromiso aun frente a circunstancias cambiantes o adversas. La expresión de respeto y fidelidad hacia una persona, sociedad, soberanía o principios morales. La obediencia de las normas de honor, gratitud, legalidad y solidaridad.

James Carville, estratega político de Clinton, escribió en el año 2000 un libro dedicado especialmente a la lealtad (Stickin´The Case for Loyalty). En él define a la lealtad como uno de los atributos esenciales que toda persona debe tener y exigir de los demás. Atributo que especialmente debe estar presente en las personas que ejercen actividades públicas, a quienes –dice- en aras de la democracia, se les debe exigir que lejos de ser leales a ellos mismos, lo sean con los deseos de la sociedad.

Carville hace referencia al trabajo Loyalty del profesor de la Universidad de Columbia, George Fletcher, quien divide a la lealtad en tres categorías: lealtad a las personas (basada en afectos: amigos, familia, cónyuge); lealtad al grupo de pertenencia (partidos políticos, clubes, empresa), y lealtad a Dios. Asimismo, establece niveles de lealtad. El mínimo que debemos exigir es no ser traicionados. El máximo que podemos esperar es que defendamos juntos una causa común, a capa y espada.

Cuentan que en el año 1189, durante la cruzada a Palestina, el rey de Inglaterra Ricardo Corazón de León cayó en una emboscada en la que murieron todos sus acompañantes, excepto Guillermo de Pourcellet. Al ver peligrar la vida de su rey, Pourcellet gritó a los sarracenos que él era el rey, por lo que lo apresaron y llevaron ante el sultán Saladino, quien al darse cuenta de la trampa e impresionado por la muestra de lealtad, admitió su rescate a cambio de diez soldados suyos prisioneros de los cristianos.

¿Habremos elegido gobernantes por los que ofreceríamos la vida, como Pourcellet? ¿Tendremos gobernantes que reconozcan nuestra lealtad ciudadana, como lo hizo Saladino? ¿Somos leales a nuestra sociedad, a nuestro país, o a nuestros intereses individuales? ¿Somos una sociedad que persigue sueños comunes o simples seguidores de líderes desnorteados y mezquinos?

Para responder lo anterior, me vienen a la mente tres ejemplos recientes, de un país imaginario, de cuyo nombre no me puedo acordar:

1) Un profesor que saca a su gremio a dormir en la calle, a transportarse como pueda y a comer lo que haya; mientras él viaja en avión, pernocta en hoteles y come lo que desea. ¿Eso es un líder leal?

2) Un Secretario de Educación que no encuentra como explicar una decisión tomada al margen de la ley, para sucumbir ante un grupo, sin pensar en la sociedad como conjunto. ¿Eso es un gobernante leal?

3) Un entrenador de selección nacional que atarantado por sus 5 minutos de fama nos quiere vender la excusa de que no llevó a un jugador de talla internacional a la Copa América, por no saber cómo contactarlo. ¿Eso es un personaje leal?

Seguramente ese profesor no sería líder magisterial; ni ese abogado, secretario; ni ese arrogante, entrenador, si como sociedad tuviéramos la certeza de que en nosotros está no encumbrar a quienes no nos son leales, ni dale fuerza a quienes no se suman a nuestras necesidades y anhelos colectivos.

Vaya que nos hace falta practicar la lealtad y multiplicar las acciones basadas en ella.

Junio 24, 2015 - 12:00 pm
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Por: Carlos Palafox

Columnistas