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Lecciones

Soy un orgulloso descendiente de una familia de profesores normalistas. Mi abuelo Carlos salía de su casa antes que el sol, para llegar caminando a la escuela a las 7 de la mañana. Regresaba con los suyos, pasadas las 10 de la noche, luego de dar clases en los turnos matutino, vespertino y nocturno. Muchas personas me han comentado que fue uno de sus mejores profesores, y aún recuerdan no solo sus clases de historia, sino también su dedicación, rectitud e integridad.
Mi abuela Delia fue una de las primeras mujeres poblanas en obtener su plaza de maestra. De niño me contaba, llena de orgullo, que su nombramiento le fue entregado personalmente por el entonces Gobernador del Estado, quien le hizo saber la importancia de su profesión y lo indispensable que sería su trabajo para la sociedad.
Mis tíos Marha, Emilia y Javier, así como su esposa Esperanza, dedicaron buena parte de su vida a la docencia, portando siempre con orgullo el emblema del Benemérito Instituto Normal del Estado (BINE). Mi padre, quizá por el compromiso social de la familia, primero concluyó sus estudios como profesor normalista, para luego estudiar la carrera de abogado. Al igual que mi madre, fueron también, durante varios años, profesores universitarios.
Lo anterior lo comento, con nombres, santos y señas, para destacar mi profundo respeto y admiración por quienes dedican su vida a la educación de nuestros hijos. Lo comento también, porque me tocó vivir, sí las carencias y limitaciones económicas de los profesores, pero especialmente la relevancia y compromiso social de su actividad. Recuerdo por ejemplo, llegar al Paseo Bravo, en donde antes había juegos mecánicos, y escuchar a los operadores saludar con mucho respeto a su profesor Carlos. O al cine con mi abuela, y constatar la admiración con la que era atendida por la encargada de la taquilla, que había sido su alumna.
La docencia era una actividad llena de profundo orgullo y gratitud, tal vez porque el sistema educativo estaba centrado en los alumnos. Con mucha tristeza observo que hoy todo importa, menos los pupilos. Con la bandera de la “educación” se privilegian las cuotas económicas y políticas de los sindicatos de la educación; se condicionan los procesos evaluativos a los caprichos de dirigentes sindicales y autoridades administrativas; se tolera el cierre de calles, autopistas y plazas; se permiten actos de vandalismo, saqueo y destrucción de la propiedad privada; se paralizan ciudades; se arrodillan autoridades; se empinan gobernantes; se afectan procesos democráticos; pero muy especialmente, se deja sin clases a cientos de miles de niños.
Me parece que las autoridades de nuestro país, lejos de acercarse al sistema educativo de calidad, que ellos mismos propusieron como una parte fundamental del prontamente olvidado Pacto por México, se aproximan a políticas cortoplacistas, limitadas a satisfacer a los menos, perjudicando a los más. Porque hay que decirlo, y decirlo claro. Los profesores que protestan con violencia, son una minoría. Según el INEGI, en 2013 había 978 mil 188 profesores registrados en el país, tanto en escuelas públicas como privadas. Ellos, los verdaderos profesores, llegan todos los días a sus escuelas, sin importar si la tienen enfrente de su casa o si deben recorrer veredas a lomo de mula durante horas.
Esos profesores de la mayoría, no se fusionan con los anarcos, ni con sus tácticas subversivas, ni con dirigentes de oropel que hablan de la miseria económica desde su miseria moral. Esos profesores de la mayoría no se distinguen por sus gritos, sino por sus lecciones. Esos profesores de la mayoría no buscan liderazgos ni canonjías. Se dedican a sus alumnos; preparan sus clases todos los días; se actualizan; se paran frente a los niños para cimentar juntos un futuro diferente. Entienden su precisa función como generadores de cambio social, y no lo confunden con egoístas caprichos gremiales.
Esa mayoría de profesores y sus millones de alumnos son quienes deben estar en el centro de nuestra atención. Ser objeto de nuestra dedicación. Ser merecedores de promociones, reconocimientos, apoyos. Ser el eje de un sistema educativo que nos merecemos como país y que requerimos para transitar a una democracia en la que se privilegie el conocimiento, las ciencias, la pertinencia, la razón, la voluntad de los más, el derecho y la equidad. No menos.
www.comouno.tv

junio 17, 2015 - 11:39 am
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Por: Carlos Palafox

Columnistas