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Mandato ciudadano

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Hace unos días leí en el blog de Eduardo Caccia (http://ecaccia.blogspot.mx/) un artículo llamado “Esencia bribona”. En él hace referencia al libro “Las hazañas bribonas: cultura de la ilegalidad”, del doctor José Guillermo Zúñiga Zárate, para argumentar que los mexicanos tenemos un código genético o cultural que nos lleva a construir un patrón progresivo de conducta proclive a la ilegalidad, que inicia con “muchas leves transgresiones, pequeños actos permisibles, que luego escalan a delitos mayores, y se autojustifican en cualquier nivel socioeconómico y cultural.”
Cita, por ejemplo: “He visto, en una escuela primaria de alto poder adquisitivo, muchos autos en cuya placa trasera se ha sobrepuesto una mica que impide que el radar contra el exceso de velocidad les tome una fotografía y les multen. Hablo de padres de familia con educación, indignados por la corrupción en México, por la fuga de El Chapo, por el actuar del Presidente y su gobierno, que son, por otro lado, una manifestación de la enfermedad degenerativa y crónica del país: todos formamos parte de un sistema corrupto.”
Triste verdad. Aceptamos, mantenemos y alimentamos un sistema corrupto del que todos formamos parte. Unos activamente, dando y recibiendo; otros pasivamente, permitiendo, cerrando los ojos, apretando los labios, escondiendo nuestro enojo detrás de chistes y memes con los que banalizamos un entorno de decadencia moral, política, económica y social.
Estoy seguro, sin embargo, que nuestra esencia como cultura es mayoritariamente buena. Que somos muchos más los buenos que los malos. El problema es que nos minusvaloramos. Nos amedrentamos frente a la prepotencia. Nos mofamos de la impunidad. Hacemos héroes a los villanos. Cedemos la vía pública a juniors, amantes y testaferros, escoltados por guarros neandertales. Cantamos emocionados historias musicalizadas de criminales y asesinos. Aplaudimos la soberbia de nuestros líderes.
Despreciamos a los honestos. Ridiculizamos a la gente de bien. Argumentamos que el que no tranza no avanza; que político pobre es un pobre político; que no importa que roben, mientras hagan obra.
Nos ocupamos en los desaires entre la pareja presidencial, o el caído pastel de cumpleaños, o la vestimenta fuera de lugar, o el nuevo corte de pelo de Ochoa, o el próximo cese de Herrera. Pero hacemos a un lado el análisis de la Ronda Uno; del presupuesto base cero; de las responsabilidades administrativas y penales de servidores públicos de todos los niveles implicados en fugas de reos, obras inútiles o inconclusas, robos y secuestros; del uso personal de recursos públicos; de la disminución del poder adquisitivo de las familias mexicanas; de programas públicos y privados opuestos a la sustentabilidad y al respeto medioambiental.
Somos tan generosos, que no solamente permitimos que los menos pisoteen nuestros derechos, sino que además hacemos su trabajo. Ante la pasividad y ociosidad de diversas autoridades, evitamos confrontarlas y optamos por crear organismos no gubernamentales para resolver nuestras necesidades como sociedad.
Pero regresemos a Caccia y las recomendaciones de Zúñiga Zárate: “evidenciar, hacer conciencia (al estilo AA) del patrón de deshonestidad (si se habla de ello desde la casa, oficina, calle, será más difícil hacer lo contrario, disminuiría la doble moral), abrirse a prácticas internacionales, usar manuales de procedimientos, lograr certificaciones, cumplir reglas y leyes sin excepciones (cero tolerancia), usar tecnología (GPS, cámaras de vigilancia, etcétera), implantar una cultura de legalidad desde casa (no es suficiente que haya leyes y reglamentos), cambiar la programación neurolingüística cultural, incluir a las mujeres (especialmente las madres, aquí coincide con Sara Sefchovich) para detener a los delincuentes de casa, entre otras.”
Me atrevería a agregar una propuesta. El bastón de mando es nuestro, de la sociedad civil. Nosotros decidimos a quién le prestamos el gobierno, en qué queremos que se inviertan nuestros impuestos, a dónde queremos llegar, cómo y con quién. Somos la cúspide de la pirámide y no la base.
Ya empezamos a creer que un ciudadano independiente puede vencer a las decadentes estructuras. Empecemos a creer también que la sociedad civil tiene la potestad para elegir, decidir, mandar, vetar y sancionar. Valemos mucho juntos. Unidos en la diversidad. Convencidos de lo que somos y de lo que queremos ser. Sustituyamos la esencia bribona con nuestra grandeza social. Esa misma grandeza que hemos demostrado ante terremotos, huracanes y otros desastres. Esa es nuestra verdadera esencia. La esencia de nuestra pujante sociedad ejerciendo el mandato ciudadano.

Julio 24, 2015 - 7:38 pm
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Por: Carlos Palafox

Columnistas