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Ricardo del Moral, el costo de un aventón*

*El texto fue publicado el 13 de marzo de 2015. Lo repetimos hoy, ante el sentido deceso del protagonista real.

Don Ricardo del Moral, revolucionario de buena cepa, ha sido siempre un hombre con los pies bien firmes en la tierra. Fue Ministro de la República, Senador, Gobernador, extraordinario médico y un destacado militar, ahora en el retiro. Padre para sus hijos, hermanos, sobrinos, y demás familiares. Hermano de sus dos entrañables amigos: uno, con una larga trayectoria política que lo llevó a ser cabeza de generaciones de poderosos empresarios; otro, un fuerte ganadero del sur del país. Los tres, visionarios. Los tres, comprometidos.

Conoce perfectamente las avenidas más importantes del poder. Las ha recorrido de ida y vuelta, en varias ocasiones. Ahí aprendió a hacer política en toda la extensión de la palabra. Una política basada en el respeto a las instituciones, pero centrada en la atención a los gobernados. No con demagogia, sino con verdadero sentido social. ¿Será eso realmente posible? Lo es. Me consta. Ya en el retiro, por donde caminara, se formaban filas de personas para platicarle. Para consultarlo como médico. Para pedir su intervención ante autoridades. Para agradecerle los apoyos de muchos años atrás. Para presentarle a sus familias.

Todavía viven quienes lo recuerdan pagando, con su propio dinero, la nómina de los profesores, ante el retraso de las correspondientes participaciones. O en aquellas largas pláticas con su querido amigo, el entonces Presidente de la República. O agendando operaciones gratuitas a media noche, cuando terminaba su turno como gobernante.

Su plática no solo está llena de sabiduría, sino también de refranes, dichos populares, canciones, color y calidez.

En algún momento, en plena sucesión, un simple “aventón” a un vecino que era compañero de gabinete y fuerte aspirante a la presidencia, le generó el odio –así de fuerte-, del Ministro del Interior, Nicolás Chávez, quien, malditas circunstancias, resultaría electo Presidente de la República.

En la plenitud del poder, Chávez ordenó a su testaferro, director de uno de los medios de comunicación con más presencia en la nación, que “destrozara” a Del Moral. Que llenara las páginas de los periódicos con la hiel de una venganza jurada. Eso, se combinó con la determinación de Del Moral de no gobernar para dar gusto a los periódicos, sino para atender a los ciudadanos. Fue la fusión de gasolina y fuego.

Un responsable Don Ricardo, convencido del bien mayor -el respeto a las instituciones- hizo a un lado el bien menor –su futuro político- y presentó su renuncia. Del Moral dejó el cargo, a pesar del respaldo social. Chávez permaneció en él, en contra del apoyo popular. Cosas de una democracia muy peculiar, que se ejerce a modo y voluntad de los menos.

Lecciones para ser recordadas por las sucesivas generaciones. Pero eso, eso, es otra historia de política ficción por contar.

(fragmento de una novela en proceso)

febrero 22, 2016 - 10:31 pm
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Por: Carlos Palafox

Columnistas