¡Escúchanos por internet!

Votar, para no botar

En estos días, hemos escuchado insistentemente dos propuestas, respecto de las elecciones federales del próximo 7 de junio en México. Una de ellas, no votar. La otra, anular el voto.
Ambas opciones surgen como una forma para expresar nuestra inconformidad con la corrupción, los intereses perversos, el despotismo, el dispendio y la nula representatividad social de los partidos políticos y sus candidatos.
Comparto plenamente esa inconformidad. El sistema político mexicano transita por caminos completamente diferentes a los de la sociedad. La principal muestra de ello lo es el presupuesto de 5 mil 356 millones de pesos que se gastan 10 partidos políticos en las elecciones de este año. Una cantidad que ofende y lastima a una nación en la que 45.5% de su población vive en pobreza.
No coincido, sin embargo, en utilizar al silencio y la abstención como una forma de expresar nuestra indignación. Nuestro voto es una herramienta muy valiosa, especialmente dentro de una democracia electoral, que no ha podido transitar a la deseada democracia participativa.
El 7 de junio, es uno de esos escasos momentos en los que la clase gobernante pone atención a sus gobernados. Es uno de esos anhelados espacios, en los que la sociedad pone en jaque a los políticos.
Nuestro voto es, por tanto, una tribuna única. Con él podemos gritar si queremos pocos o muchos partidos políticos; gobiernos más o menos entrometidos; demagogia u honestidad; continuidad o cambio; improvisación o experiencia; amenazas o propuestas; ciudadanos o facciones.
No utilizar esa tribuna nos muestra como una sociedad abúlica, pasiva, conformista. Nos define como una sociedad que considera que es más cómodo que otros definan por nosotros, para luego desentendernos del resultado. Le permite a las élites políticas actuar con manga ancha, sin preocuparse de lo que queremos como sociedad, al menos en ese breve espacio (electoral), como dice la canción de Milanés.
Dejar de votar, o anular nuestro voto, no genera ninguna repercusión real en los partidos políticos. Votar, genera consecuencias. Quita o mantiene el registro como partido; aumenta o reduce sus participaciones económicas; define ganadores y vencidos; establece aceptados y marca rechazados.
En mi caso, he analizado a los candidatos a diputados federales por mi distrito. A ninguno le confiaría las llaves de mi casa. Definitivamente. Pero encuentro en ellos muchas diferencias, y algunos rasgos que para mí son importantes. Al votar por uno de ellos, no pensaré que estoy eligiendo al mejor, porque en mi demarcación, repito, no lo hay. Pensaré que estoy diciendo a los partidos políticos qué perfil de candidato e ideológico es el menos lejano a mis intereses.
Tomar decisiones es vivir en libertad. Una persona que decide sobre sus elementos esenciales ejercita su derecho a la libertad. No hacerlo así nos transforma en esclavos de las decisiones de los otros (A Stamateas). Nos segrega a papeles secundarios, cuando la vocación democrática consiste precisamente en ubicarnos como protagonistas. No elegir, o anular el voto, desnaturaliza la esencia de la democracia.
Usemos el voto como voz que hace valer nuestros derechos. Como grito para imponer límites a la autoridad. Como señales para indicar el camino que queremos seguir. Como un estandarte que diga, al estilo Coelho, “somos quienes decidimos ser, no lo que los demás quisieran que fuésemos.” No botemos nuestro voto. Votemos.

mayo 20, 2015 - 12:15 pm
Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+Email this to someone

Por: Carlos Palafox

Columnistas