Lorenzo Meyer da cátedra sobre la política industrial en México, del neocolonialismo al neoliberalismo

De acuerdo con el historiador Lorenzo Meyer Cossío, “el proceso industrial mexicano tiene muchos dilemas a resolver. Como parte del bloque de América del Norte nuestra suerte está echada, apostamos a esta región que habrá de mantenerse en su competencia con el Pacífico, China y demás países asiáticos. Dentro de la opción que hemos tomado, hay que buscar la mejor forma de defender algo de nuestra soberanía real, nuestras prioridades dentro de una situación de desventaja, donde el poder está mal repartido”.

Esa fue una de las conclusiones a las que llegó el profesor emérito de El Colegio de México al participar en el Segundo Congreso “Diez años de investigación de los procesos de industrialización y el oficio de la protección del patrimonio industrial”, organizado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), con la conferencia titulada Del neocolonialismo al neoliberalismo.

El analista político expuso que desde la última década del siglo XX, con la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, “México aceptó ser el cabús de un tren guiado por Estados Unidos. “Eso sigue representado el T-MEC, renegociado por el actual gobierno. Nuestro país aceptó que no puede solo, pero también que sí hay modelos interesantes como los de Corea y Taiwán, con una industria más avanzada en la que, aunque recae en la iniciativa privada, el Estado ha jugado un papel importante en asignar los recursos”.

Meyer trajo a colación las tesis de diversos autores, entre ellas la del catedrático de la Universidad de Georgetown, John Tutino, que señala a la desigualdad como una consecuencia implícita del capitalismo, de modo que “es un subproducto de la industrialización”. Quizá por ello, dijo, es que la presente administración apuesta por desarrollar grandes obras de infraestructura como el Tren Maya, “yendo a contrapelo de esa tendencia”.

“Esa inversión (la del Tren Maya), cuando se había abandonado la red ferroviaria nacional, además de la Refinería de Dos Bocas o el Corredor Industrial Transístmico, intenta limitar un proceso de industrialización –ligado al mercado de la América del Norte– que resulta discriminatorio si se deja a su libre voluntad, va a donde puede obtener ventajas inmediatas en el norte de México y, hasta cierto punto, en el centro, pero que se olvida del sur”.

En el congreso virtual, a cargo de la Coordinación Nacional de Monumentos Históricos del INAH, el miembro emérito del Sistema Nacional de Investigadores dio un panorama de los vaivenes que han determinado el desarrollo de la industrialización en México, partiendo de la segunda mitad del siglo XVIII, cuando la entonces Nueva España, bajo la tutela de la Corona española, fue el centro del “capitalismo de la plata”, como lo ha denominado el doctor John Tutino.

“La industrialización de la plata le permitió a este metal convertirse en el medio de intercambio del capitalismo mundial, principalmente entre Europa y Asia. España proveía entre 20 y 25 millones de pesos acuñados en la Nueva España, donde la Ciudad de México y el Bajío eran centros económicos de suma importancia, pero ese mundo se vendría abajo de manera dramática y acelerada”.

El experto señaló el año 1808 como punto de quiebre, ya que la invasión napoleónica de España y Portugal gestó un problema antes desconocido en las colonias americanas, el de la soberanía. Al desaparecer la tutela de Fernando VII, la idea de soberanía regresó al pueblo, el diferendo definió qué y quiénes lo constituían. La consecuente inestabilidad política que estalló con el movimiento de independencia, echaría abajo la economía de la plata.

La recuperación de esta y otras industrias menores fue cuesta arriba y atravesó todo el periodo de la lucha independentista y el atribulado nacimiento del México independiente, marcado por disputas entre liberales y conservadores, invasiones extranjeras y los intentos de restablecer la República. La falta de orden y acuerdo entre las élites llevó a una etapa de decrecimiento económico, pues “sin un sistema político estable no hay economía que pueda prosperar”, señaló Lorenzo Meyer en la transmisión efectuada por el canal INAH TV de YouTube, en sintonía con la campaña “Contigo en la distancia”, de la Secretaría de Cultura.

Las circunstancias cambiarían en el Porfiriato con la entrada de un par de factores nuevos: el capital externo y los bancos, por lo que se puede hablar de una “soberanía limitada”. Los intereses extranjeros regirían las diferentes industrias del país, por ejemplo, la eléctrica fue dominada por empresas inglesas y canadienses; aunque sumando la participación del capital europeo en este largo periodo, es superior al norteamericano.

“Como indicaba Andrés Molina Enríquez, estos extranjeros estaban en la cima de la pirámide, por encima de la propia élite porfirista, no tenían el poder formal, pero sí el poder económico. Era un país cuya industria moderna y su banca eran parte de ese capitalismo mundial, pero sus sedes estaban fuera de sus fronteras. A la par, su mercado interno, determinado por una población rural de 16 millones, era pobre”, expuso el articulista.

La Revolución Mexicana sería el segundo punto de quiebre, aunque varios grupos económicos venidos del Porfiriato sobrevivieron y se acomodaron a la política de sustitución de importaciones que adoptaron los gobiernos posrevolucionarios en el periodo entreguerras. De esta manera, surgieron núcleos industriales como el llamado Grupo Monterrey; dicho despunte daría pie al milagro mexicano, asentado en el mercado protegido, la “buena vecindad” con Estados Unidos y la estabilidad autoritaria del Partido Revolucionario Institucional.

“En esa estructura se montó la industria mexicana, la cual no fue particularmente eficiente, al creer seguro el mercado. Hubo una miopía industrial mexicana que actuó como si esas condiciones fueran a prolongarse eternamente y no aprovechó lo que en teoría significaba el modelo de sustitución de importaciones.

“México no pudo pasar a la segunda etapa de industrialización. La primera son productos de consumo interno: refrigeradores, licuadoras, estufas, etcétera. Tuvimos ensambladoras, pero no hubo mercado para la producción de un auto mexicano. La gran industria mexicana supo abastecer de bienes de consumo al mercado interno, pero no pudo exportarlos. Sin embargo, sí requería de dólares para sus bienes de capital de insumos importados, y fue entonces que el déficit se hizo cada vez más grande”, explicó Meyer.

Todo eso derivaría en las crisis de las últimas tres décadas del siglo XX. Las primeras salieron a flote por el hallazgo de yacimientos como el de Cantarell, con la consecuente subida y bajada de los precios del petróleo. Entonces, como respuesta desesperada a esas crisis prolongadas desde el gobierno de Luis Echeverría, vino el otro momento: la industrialización como parte integral de la norteamericana, el TLC, y “en esa inercia seguimos, con la idea de sacar la mejor ventaja de esta situación”, concluyó el historiador.

noviembre 15, 2021 - 10:15 am

Por: Staff

Cultura