“El mural que debió ser”: una obra rescatada por los feminismos

Doña Antonia vive en el barrio autónomo de Jalatlaco en la ciudad de Oaxaca. Todas las noches, su casa se convertía en una cenaduría que servía comida típica de la región, hasta que la emergencia sanitaria y una delicada situación familiar la obligaron a cerrar.

A unos cuantos metros vive la curadora de arte Dea López. La joven, próxima a graduarse de la Licenciatura en Arte Contemporáneo de la IBERO Puebla, caminó durante meses por los empedrados de toda su vida con una idea cáustica entre las cejas: “¿por qué el arte también tiene que ser dominado por los hombres?”.

Personas que la conocen coinciden en la percepción que la artista feminista de 23 años tiene de sí misma y de sus obras: el humor, la subversión y el cuestionamiento crítico de la realidad están presentes en todo momento. Como sentenciaron las activistas de los años 60, Dea reconoce que “lo personal es político”: si a ti te pasa, a la otra también. En el mundo del arte, la mujer es eclipsada por el aparato machista que censura su creación al tiempo que tilda al arte feminizado (textil, artesanía, performance) de mundano; no digno.

Su rabia hacia el arte patriarcal encontró un punto de quiebre durante una exposición de la catedrática Karen Cordero acerca de la historia de la mujer artista mexicana. Fue ahí que se evocó a una serie de pintoras marginadas por la historia (contada por hombres) y las razones por las cuales fueron vetadas del imaginario. Una de ellas fue María Izquierdo, muralista jalisciense pionera en la internacionalización de este estilo pictórico y considerada la mujer-prometer de su tiempo.

Era tal su destreza que fue seleccionada para pintar un mural en el Palacio de Gobierno del entonces Distrito Federal en 1945, encomienda que se vería truncada sin aviso o explicación aparente. La reconstrucción de la narrativa histórica ha permitido asegurar que la canónica triada muralista compuesta por Diego Rivera (su mentor), David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco se opuso enérgicamente a la realización de la obra, lo que derivó en su cancelación. Abocada desde entonces al activismo, el legado de Izquierdo se sintetiza en sus aportes tangibles, pero más aún en las piezas que debieron ser.

“No somos musas”

Durante los 75 años posteriores al boicot contra María Izquierdo, los feminismos han buscado reconfigurar la realidad al andar, no solo con acciones hacia futuros esperanzadores, sino a través de una relectura crítica de la historia, sus deudores y sus acreedores.

Motivada por la intención de desempolvar un testimonio de lucha en aras de justicia retroactiva, Dea comenzó a reclutar a mujeres artistas (y no artistas) que quisieran contribuir a la materialización de la pintura negada. Una de las primeras en levantar la mano fue Cass Sumano, compañera de licenciatura y prima de Dea. Ambas coordinaron el proceso de recolección de materiales, gestión del voluntariado y la odiseica búsqueda de un muro para materializar el boceto original. En un acto de buena vecindad, doña Antonia aceptó transformar su cenaduría clausurada en lienzo.

La jornada de fondeo, trazado y realización inició en vísperas del Día Internacional de la Mujer de 2021 y tuvo su apoteosis el mismo 8 de marzo: en un día en el que la población femenina toma las calles, el nuevo contingente revitalizó las prácticas de protesta civil. “Fue una actividad bastante reveladora para muchas. Al realizar el mural en el Día de la Mujer se abordó el feminismo desde otra perspectiva: hicimos una comunidad padrísima”, explica Cass.

Las organizadoras temieron que una sobreocupación del espacio provocara que no fuera posible recibir y activar a todas las participantes. Por ello, la jornada se pensó como un momento separatista donde un centenar de mujeres (a lo largo del día) pudieran apropiarse de un espacio público concurrido y seguro para todas. En palabras de Dea: “fue un momento supercatártico porque se tejieron relaciones horizontales en donde todas contribuyeron en algo”.

El proyecto sin precedentes se manifiesta como un indicador del recalcitrante pulso feminista de Oaxaca, la segunda entidad mexicana en legalizar la interrupción del embarazo. Para algunas, fue un momento revelador; para otras, un ejercicio de empoderamiento. Para la estudiante de Arte Contemporáneo de la Ibero Puebla Doménica Rosas fue el mejor día de sus 20 años de vida.

La joven atendió a la convocatoria lanzada en Facebook por sus compañeras, con quienes no había tenido mucho contacto debido a la diferencia generacional. Caso similar fue el de María José Zardaín Pérez, alumna de segundo semestre cuya primera experiencia de vida universitaria en el plano tangible fue la realización del mural junto a sus colegas.

Mientras tanto, el involucramiento de mujeres de diferentes perfiles en esta acción artística tuvo un impacto especial en el Departamento de Arte, Diseño y Arquitectura de la Universidad Jesuita. A la luz del fervor provocado por la dinámica coordinada por las alumnas, los integrantes del claustro de diseño se vieron confrontados por una nueva perspectiva de la historia que los obligaba a releer a los tres muralistas magnos de nuestro país: su talento es innegable, pero también está construido sobre un poder ejercido sobre otras personas.

El mural que ya es

La obra de María Izquierdo, influenciada por personajes del estirpe de Rufino Tamayo y Antonin Artaud, se caracterizó por la realización de pinturas al óleo y en acuarela en las que predominaban los tonos cafés y los altos contrastes. Si bien las realizadoras del nuevo mural intentaron respetar la paleta de colores predilecta de la autora (el boceto no incluía especificaciones de pigmento), tampoco renunciaron a la posibilidad de reinterpretar la concepción original.

Gracias a la aportación conceptual y gráfica de todas las participantes, el mural se convirtió en una postal colorida de 7 x 4 metros que retrata a la mujer trabajadora de la región, ocupada en su propio espacio de la producción del maíz. Explica Cass Sumano: “el producto final tiene rasgos de muralismo mexicano y se realizó de manera colaborativa: si una dejaba un vestido a la mitad, alguien más continuaba”.

El principal distanciamiento que se tomó de la idea original fue la feminización del reparto de personajes: en el bosquejo de Izquierdo aparecían algunos hombres que fueron retratados como mujeres y niñas. Del mismo modo, se integraron elementos de otras pinturas de la jalisciense para redondear el nuevo concepto. Doménica, quien revive la jornada con entusiasmo y asombro ante la sinergia del grupo, comparte una síntesis de lo que El mural que debió ser (y que ya es) significa: “somos mujeres trabajadoras y tenemos un gran poder para unirnos”.

Las jóvenes artistas coinciden en que revivir una pieza censurada hace tres cuartos de siglo y traerla al México contemporáneo le da una voz actual a un continuum de violencia sistemática contra las mujeres. “Pudimos darle ese espacio que le quitaron”, celebran, al tiempo que reflexionan con pesar sobre la permanente presencia del machismo en el arte.

Al mirar de frente la nueva pieza alegórica de la mujer oaxaqueña, Dea reflexiona sobre la evolución de la presencia femenina como arte en sí misma. De manera histórica, las mujeres han sido representadas en papeles pasivos e inspiradores de la creación masculina. En cambio, tanto en el plano original de Izquierdo como en su reproducción revisitada predomina el esfuerzo físico, el trabajo y la apropiación del espacio. “Este mural permite recordar esos procesos históricos y saber que las historias no tienen solo una versión”.

Arte, ¿para qué?

El muralismo se constituye como una expresión artística diversa y cuyo impacto no está sujeto a una destreza técnica aprendida desde la academia. Su virtuosismo llega desde su posición trasgresora en el espacio público, donde reclama la atención del grueso poblacional que lo convierte en parte de su cotidianidad. Es un “espacio para construir voz e identidad y hacer salir demandas que no se escuchan, identidades que no son representadas”.

Como curadora, feminista y también como coordinadora de la Licenciatura en Arte Contemporáneo de la IBERO Puebla, la Mtra. Alma Cardoso Martínez recibió con entusiasmo la actualización del quehacer de sus alumnas; compartió la convocatoria en los medios a su disposición al tiempo que celebró la muestra de una de las cualidades insignia de los egresados de este programa: la congruencia.

“Podemos decidir, hacer y producir las formas artísticas que queramos, pero debemos hacerlo con conciencia. Debemos de preguntarnos hacia dónde lanzamos estas imágenes, qué tipo de poderes y deseos estamos invocando cuando lo hacemos”. El mural que debió ser, añade, es la materialización de los valores y principios críticos inculcados en las aulas (ahora virtuales).

La Licenciatura de Arte Contemporáneo consta de 43 estudiantes; menos del 1% de la matrícula en la IBERO Puebla. Pese a ser minoría en la Institución, la coordinadora recuerda con respeto y fervor la obra destacada de su alumnado: Marcela Roldán, quien ha tenido múltiples exposiciones en Puebla y ha contribuido a la enseñanza del arte; Juan Pablo Estévez, que ha adoptado la creación gráfica a partir de la estética del desecho, y la participación de varias alumnas en la elaboración del mural Memoria, verdad y justicia para todas, ubicado en el campus de la Universidad.

La idea que se tiene de la relación entre educación y arte es a nivel técnico, pues el talento, en el imaginario colectivo, se presenta como una cualidad innata, casi esotérica, que pertenece a una minoría. La visión que recupera la educación ignaciana enfatiza que ser artista es tener una postura: la estética política, los activismos y la conexión con la praxis vital.

“Déjennos ser libres”

Doménica ha pasado casi la mitad de su experiencia universitaria en la virtualidad; María José nunca ha tomado una clase en el campus de la Universidad Jesuita. Las primas Cass y Dea, en cambio, afinan los últimos detalles para adentrarse de tiempo completo a una práctica profesional líquida, moldeable y adaptable a todos los soportes imaginables.

Ninguna pandemia ha parado a los feminismos y su acción colectiva. En la sintonía de tejer redes horizontales y sororas, la materialización de El mural que debió ser no tiene una autoría con apellido: pertenece a todas las mujeres que participaron, a las que se identifican con la postal urbana y a las que continuarán la expropiación de espacios públicos en busca de una vida libre de violencias.

Las jóvenes concuerdan en la importancia de generar información y construir el espacio del que fueron privadas en sus primeros años. En lo particular, lo valoran como una experiencia que marca un hito en sus respectivas trayectorias como creadoras. Como lo revela la etiqueta #elmuralquedebioser en redes sociales, todas aquellas que se vieron marcadas por la onda expansiva generada por el ruido de María Izquierdo experimentaron un nuevo ejercicio de empoderamiento individual y comunitario.

Doña Antonia nuevamente ofrece tlayudas en su domicilio al caer el sol sobre los callejones del Barrio de Jalatlaco.

abril 16, 2021 - 9:45 am

Por: Staff

Educación

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